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21 de julio de 2014

NORDKAPP.15 Fiordos y sol. La batalla de Narvik


       Siento algún ruido en medio de un sueño pesado y poco a poco me voy despertando. En un primer momento no recuerdo en dónde estamos durmiendo, lo que no deja de ser lógico ya que cada día lo hacemos en un sitio distinto, y aunque se trate solamente de conducir un coche, el organismo se agota y solemos dormir profundamente y despertarnos como si nos hubieran dado una paliza. Recupero mi consciencia y me acuerdo de Trömso, un puente, bastante tráfico...¡Ah, estamos en un camping de allí cerca, ya recuerdo! Y también, que ayer hizo un día desastroso que no me dejó admirar en su plenitud la belleza de estos parajes.
              Me levanto con cierta esperanza y abro la contraventana. Un chorro de luz entra por ella. Ha salido el sol, un sol radiante, que ilumina unas cumbres (que hasta hoy no había visto) con las que juguetean algunas nubes de tenue algodón, muy blancas, como girones de niebla arrancados de las inmensas rocas allá en lo alto.
Salgo a la puerta y veo actividad en el camping. La gente se ha levantado temprano; en estas latitudes, cuando se está en pleno verano y además hace un día así, cada minuto es precioso.
          Me peleo con Quim para convencerle de que lo del buen día no es una treta para no dejarle dormir, y al fin accede a comprobarlo. De inmediato se contagia del entusiasmo generalizado y se viste, aunque eso sí, no muy deprisa, ya que entusiasmo a esas horas, lo que se entiende por entusiasmo, no lo tendría ni con Kim Bassinger a la puerta, esperándole.
          Pero vamos cogiendo ritmo y empezamos a pensar en nuestro café-despertador.
          Abandonamos el camping y nos dirigimos a lo que parece ser un centro urbano y comercial pequeño pero importante.
          Comprar comida, cambiar dinero, coger gas oil y...en marcha de nuevo.
          No resisto la tentación de tomar mi máquina y hacer una foto de una cumbre emergiendo de un halo de niebla. Saltando por entre las rocas, una cascada que sale de algún glaciar, oculto a nuestra vista, cae hacia el valle. Pierdo unos minutos contemplando todo aquello y respirando ese aire mágico que tienen las mañanas como ésta.

Foto elbalcon de maria blogspot
        A un lado de la carretera corre un arroyo que desemboca a menos de cien metros, en el fiordo. Sus aguas me llaman la atención: son perfectamente cristalinas; el fondo, de cantos rodados, se ve como si el cauce estuviera vacío. En las márgenes ni un plástico, ni un desperdicio de esos que estamos acostumbrados a soportar en nuestro país. Esto último es quizás lo que más me llama la atención. Arroyos cristalinos tenemos muchos en España, pero limpios de plásticos en una zona semiurbana, imposible de encontrar ninguno. ¡Qué admiración me produce, al detectar este significativo síntoma, el profundo respeto de los noruegos por su Naturaleza! . Porque allí sí puedes hablar de “su” Naturaleza, ellos se han ganado a pulso el poder considerarla como propia, estoy convencido.


           Rodamos por una carretera ya más ancha que por las que hemos pasado estos dos últimos días. Me da la impresión de que, a medida que vayamos hacia el sur, la carretera irá mejorando, lo cual después resulta ser cierto,  pero muy poco a poco.
           Según transcurre la mañana, incluso los girones de nubes bajas comienzan a desaparecer, dejando que nos asombremos de lo que estamos presenciando, según avanza nuestro coche por la ruta.
Montañas inmensas que bajan abrupta y verticalmente desde alturas de más de kilómetro y medio hasta el nivel del mar, grandiosas cumbres totalmente rocosas que, semejando ser monstruos enormes, semitapados por los retazos de tupidos bosques, quisieran emerger y avanzar sobre la superficie azul oscuro de las frías y quietas aguas de los fiordos...
           Montañas que parecen atormentadas por una galopante erosión que hace que sus rocas se desmoronen a ojos vista, y que dan la impresión de ser la foto de un derrumbamiento, de un alud gigantesco de piedras y arena.
           Bosques de hayas, robles, arces. Aquí veremos pocos pinos o abetos; en la costa atlántica parecen predominar más estas otras especies, dejando las coníferas para el interior y más al sur. Son árboles de poca altura, pero que dan un bosque denso, en el que se adivina que existe una naturaleza prácticamente virgen. En Suecia se notaba que la masa arbórea era más artificial, creada por la mano del hombre, y de hecho se veían áreas recién taladas pero ya repobladas de inmediato.
           Y en medio de este grandioso escenario la tenue presencia humana. Pequeñas viviendas, siempre unifamiliares, nunca demasiado agrupadas, pero ocupando solo una pequeña porción de todo el paisaje que nuestra vista recoge. Como un colosal nacimiento, con sus pequeñas casitas de colores. Nos parece como si esta exigua huella humana fuese solo un mero e insignificante accidente en aquella inmensidad.
           El noruego es, quizás, el ser humano más respetuoso con su entorno, y Noruega uno de los estados que más tiene en cuenta el factor ecológico. Y ahora comprendo porqué es imposible vivir aquí sin temer, amar y respetar a la Naturaleza, verdadera dueña y señora de todo lo que vamos viendo.
           La carretera se interna hacia el interior, ascendiendo por zonas de montaña, en las que el mapa señala cierres fijos invernales, supongo que por hielo y nieve tan permanentes y en tal cantidad que es imposible mantenerla abierta. Veo en el plano que hay otra ruta costera, pero nosotros hemos escogido ésta por ser mas directa en nuestro rumbo hacia el mediodía, en dirección a nuestro próximo punto de interés: Narvik.


          Estamos haciendo el recorrido hacia el interior de un fiordo, para sortear este obstáculo natural, cuando vemos que se nos facilita el paso con un moderno y hermoso puente colgante. Dos estructuras en "U" sostienen, mediante dieciséis cables, ocho a un lado y ocho en el otro, la calzada de asfalto. Ésta es estrecha, sin arcén y con tan solo un minúsculo paso para los peatones. Esto me da que pensar, ya que uno no se gasta miles de millones en hacer un puente -hoy en día- sin tener en cuenta la futura capacidad. Pero recapacito y me doy cuenta de que en esta geografía, en este país, ya están en el futuro. La población no va a aumentar significativamente, y las condiciones que imprime la meteorología gran parte del año, restan rentabilidad a este tipo de inversiones en infraestructura. De hecho, a pesar de ser el país adecuado para construir inmensos y faraónicos puentes, con los que ahorrar hasta cientos de kilómetros en un recorrido, esta gente prefiere ser práctica, y solucionar el tema con un sencillo ferry, o con alternativas como la del tráfico aéreo.
         De hecho, me parece muy significativo el que, poco más adelante, cuando nos encontramos que en sustitución del trazado antiguo de la carretera -que sorteaba una inestable ladera montañosa al borde del mar- se han excavado varios y largos túneles, y que para pasar por ellos -piénsese que es un paso obligado, sin alternativas- hay que pagar peaje en una taquilla atendida por una hermosa noruega.

Foto Wikipedia. Narvik.

          Pocos kilómetros después del puente, llegamos a las afueras de Narvik, otra de las más importantes ciudades de esta parte de Noruega, notable en su historia más reciente por una cruenta batalla naval, terrestre y aérea que se desarrolló aquí durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes pretendieron dominar esta estratégica parte de Europa.
          Quizás influyera el magnífico día que disfrutamos, pero el caso es que esta ciudad nos parece por su ambiente, por su aspecto, incluso por el paisaje que la rodea, una urbe situada mucho más al sur de lo que realmente está.
           El sol es radiante, la temperatura permite caminar por sus animadas calles en mangas de camisa. Por eso nos choca leer en unos indicadores que se exhiben en un céntrico parque, que estás a solo 2.420 Km. del Polo Norte. Vamos, que si estuvieras en el hemisferio sur estarías caminando por el interior de la Antártida... Sin embargo, esta temperatura no tiene nada de anormal. Sus guías turísticas presumen incluso de que en invierno la temperatura media es de solo 4 grados bajo cero. Ello es debido a la templada Corriente del Golfo que sirve de gigantesco radiador de calor para estas costas, como ya expliqué.
           Aparte de la distancia al Polo, otras distancias que aparecen indicadas son: Oslo, 1.453 Km., Hamburgo 2.007 y París, ¡2.979 Km! Pensar que hasta París hay casi tres mil kilómetros,¡y lo lejos que está París de Ferrol! Allí constatamos Quim y yo, mirando con cara de consternación aquellos indicadores, lo mucho que todavía nos queda por conducir en los próximos días.


           Narvik no era más que unas cuantas granjas aisladas cuando, en 1898, una compañía estatal conjunta de Suecia y Noruega inició la construcción de un ferrocarril que trasladaría mineral de hierro desde Kiruna, en la Laponia sueca, hasta este puerto del Atlántico, libre en invierno de los hielos. El ferrocarril fue inaugurado en 1902, y desde entonces, en que recibió el título de ciudad, Narvik no ha dejado de crecer convirtiéndose hoy en día en una pujante urbe, con una industria manufacturera y de alta tecnología, y en la que existe el único Colegio de Ingeniería del norte de Noruega.
           Precisamente esa importancia estratégica fue la causa de que Hitler, al proyectar su invasión de Noruega, eligiera a Narvik como un objetivo prioritario.
           Es así que, el 9 de Abril de 1940, bajo una espesa ventisca, diez destructores alemanes entran el puerto de Narvik, hundiendo a dos navios de guerra noruegos. La ciudad es tomada, y los alemanes pasan a controlar el más vital recurso de la industria de guerra: el mineral de hierro.
           Varios días más tarde, una escuadra inglesa llega al fiordo noruego y aniquila la flota alemana durante un tremendo combate naval. El 28 de mayo tropas aliadas (noruegos, ingleses, franceses y polacos) entran en Narvik y la recuperan en solo unas horas.
           La noticia da la vuelta al mundo, ya que es la primera gran derrota de la "máquina de guerra" alemana y, además, la demostración de que Hitler no es invencible, tal como se creía en aquel momento. "¡Mirad Narvik!", gritaba la propaganda aliada, para levantar la baja moral que en aquellos días tenían sus tropas.

           Sin embargo, la situación en el frente del Oeste es aterradora, y sostener aquel agujero es imposible. Dos semanas más tarde, las tropas que defienden Narvik reciben la orden de abandonarla. La ciudad es recobrada por los alemanes que ya no se irán en cinco largos años.
           Todo ésto se relata con profusión de medios y de recuerdos en el Museo de la Guerra que visitamos con gran interés Quim y yo en aquella soleada mañana de agosto.
           El Museo ha reunido desde piezas de gran tamaño, como un tanque -que está expuesto a la entrada, en plena calle- y varios torpedos de los que se usaron en la batalla, hasta multitud de armas de todos los ejércitos que allí pelearon. Incluso está representado un nido de ametralladoras que, a finales de los años cincuenta, fue encontrado por un cazador en plena montaña, tal como quedó casi quince años atrás, con los cadáveres de los hombres que allí aguantaron, quién sabe cuanto tiempo, hasta morir posiblemente de hambre y de frío, clavados en su puesto.
           En uno de los folletos del Museo,  al  final de las amenas páginas en las que explica todo lo relacionado con la batalla de Narvik, emociona leer las siguientes frases:"Esperamos que todo ésto sirva para que la II Guerra Mundial no pueda ser olvidada". Pero creo que la memoria humana es, lamentablemente, muy flaca.

Foto: ihistorie.no

Foto:theatlantic.com. Puerto de Narvik tras el primer ataque aliado.

Fantasmagórica imagen de un barco de guerra alemán.

Soldados alemanes.

Combates en el inhóspito territorio del norte de Noruega, por el dominio de la línea férrea de las minas de hierro de Kiruna.
Soldados noruegos.


La línea de ferrocarril que transportaba el hierro desde Kiruna a Narvik.





15 de julio de 2014

LOS INVIERNOS DE SANTA CRISTINA (y 4ª parte)



Por supuesto que el bien más preciado en aquellos tiempos por nosotros era una tabla de surf, o por lo menos algo que se le pareciese (recuérdese la “tabla” del madrileño). El gran pionero Félix Cueto había traido una Bilbo a Ferrol, con la que se metía a veces. Félix no se prodigaba demasiado, no le gustaba el frío y la temperatura de nuestras aguas, algo más frías que las asturianas, era un grave inconveniente para él. Y quizás por eso, y porque tenía que compartir demasiado su Bilbo con sus nuevos amigos y compañeros de Escuela de Náutica, accedió a vendérsela a Miguel Camarero. Miguel estuvo surfeando durante varios meses con ella, hasta que un buen día me confesó sus intenciones de “acortarla”. Resulta que se había enterado de que las nuevas tablas iban acortando su longitud, y la Bilbo andaría, si no recuerdo mal, por los 2 metros y medio: demasiado para las nuevas tendencias.
Yo, sinceramente, no lo tomé en serio, hasta que, quizás al día siguiente o muy pronto de todas formas, apareció con la Bilbo “reformada”...La había cortado por la punta casi medio metro, pero como Miguel no era muy dado a perfeccionismos, se contentó con serrar, simplemente, la proa y creo recordar que le dio una mano de resina...o quizás ni eso.
Cuando vi la burrada que acababa de hacer me quedé paralizado de horror, más que por sus intenciones tan drásticas, por el resultado. Nunca nada me volvió a recordar tan bien la proa de un portaviones, como la de la nueva Bilbo. A mí me pareció un verdadero sacrilegio. Miguel tenía una tabla magnífica, que con la mía era lo mejor de que disponíamos, y le hacía aquello!!! Pero al final y accediendo a la invitación de su dueño y descuartizador le cambié mi tabla por la suya (“¡un ratito nada más, eh!”) para probar el resultado.
Y la verdad es que no giraba mal. Cierto es que había que esperar a la marea alta, y en la orillera vertical y estupenda que se formaba podías hacer maniobras en las que notabas que giraba muy fácilmente. Pero llevar delante de tí aquel “nose” extraño te daba una grima tremenda, una gran sensación de inseguridad.

Alejandro Mesías
Pero Miguel era un tío inquieto y emprendedor. Y cuando vio que su “solución” no había sido muy afortunada, decidió dar otro paso adelante: hacerse una tabla.
Pero el primer problema fue encontrar poliuretano. Después de mucho buscar se enteró de que los cofres congeladores de los bares utilizaban como aislante este material, pero con poco grosor y de una tonalidad amarillenta muy fea. Y, además, no se podía comprar en Coruña. Pero sí había "porespan" que, sin embargo, también tenía un grave inconveniente, y es que no resistía la resina de poliester, que lo fundía de inmediato al aplicarla sobre el poliestireno expandido. Pero al poco tiempo se enteró de que había otra resina que no atacaba al porespán, la epoxi, aunque era muy cara. Pero Miguel no se desanimó y se hizo con un bote de esta resina y adquirió también un buen bloque de porespan. Al poco tiempo había acabado su tarea. Más o menos, había conseguido dar forma a una “surfboard”. Como el color no le gustaba (a nadie le gustaba) optó por pintarla de rojo chillón, rojo sangre, vamos.
Aunque Miguel, que no era dado como ya expliqué a pararse en detalles, no se preocupó al dar la resina de lijarla posteriormente, con lo que le quedaron numerosos churretones en los laterales, que al secar se convirtieron en armas de destrucción masiva (o poco menos) para el que usase la tabla.
Fueron a probarla y al salir del agua alguien le dijo a Miguel “¡Jo, Miguel, se te ha desteñido la mierda de pintura que le has puesto!” Pero no eran de pintura las manchas rojas que Miguel tenía en la piel...sino sangre de las heridas que los afilados churretones de la tabla le habían producido.
Otra historia que reconozco que suena increíble, pero que juro que sucedió tal como lo voy a contar, fue ésta: Una tarde de aquellas invernales, en la que estando yo solo en la playa me había entretenido y disfrutado cogiendo orilleras con el tablón, al salir del agua y empezar a vestirme se me acercó un hombre de mediana edad, bien vestido, al que le acompañaba otro que se mantuvo al margen de la conversación. “¡Hola”, saludó sonriente, “te quería pedir autorización para utilizar unas imágenes que hemos filmado cuando cogías olas” Yo me quedé perplejo, y le pregunté “unas imágenes, ¿para qué?”. “Es para un anuncio publicitario, a ti no se te identifica mucho, pero necesito que me autorices a usarlas, claro”. Nunca entendí como aquel hombre se pudo confiar de mi palabra (cosas de esos tiempos, la gente era -éramos- muy confiada), el caso es que le contesté que no me importaba, por supuesto. Tampoco se me ocurrió aquello de “ya me darás una copia...”. Pero lo cierto es que me olvidé totalmente...hasta que un buen día fui a ver una película en un cine local. Entonces ya era habitual que antes de la proyección, te pasaran unos anuncios. Y me dio un pasmo cuando comenzó uno en el que salía un tío haciendo surf en Santa Cristina, una tarde invernal, y se oía una voz que decía: “Guarde Vd. también su equilibrio: Contrate Seguros XXXX (nunca llegué a fijarme qué Compañía era; normalmente me quedaba embobado viéndola, al menos las veinte primeras veces, y luego ya me daba vergüenza ajena y se me hacía insoportable). Porque al principio me hizo gracia, pero cuando llevaba dos años viendo el mismo anuncio en los cines de La Coruña, ya cerraba los ojos, o procuraba mirar hacia el espectador de al lado a ver qué decía. Y la verdad es, afortunadamente, nadie decía nada, ni le hacían mucho caso. Menos mal. Ya, entonces, empezaba esa fiebre enfermiza de aprovecharse de las imágenes de surf para resaltar anuncios y cosas así. Me hubiese gustado tener una copia, a pesar de todo, pero creo que ya es tarde para intentar pedírsela.
Durante mucho tiempo seguimos cogiendo olas en aquellas inolvidables tardes de Santa Cristina, de las que ya se puede notar que guardo muy buenos recuerdos; de aquellos atardeceres en los que veíamos, entre ola y ola, como el sol se iba poniendo por detrás de los eucaliptos que habían plantado en las escasas dunas del extremo oeste de la playa.
Entonces ya estaban de moda algunas discotecas en Santa Cristina, y cuando los sábados nos hartábamos de bailar y pasar calor, nos despistábamos un rato de nuestras chicas y, con alguna que otra copa de más encima, salíamos a disfrutar de la frescura de la noche, y caminábamos hasta el pico para intentar distinguir, a la luz de la luna, si ya rompían olas suficientes para que valiese la pena madrugar al día siguiente para venir a surfear.
No puedo recordar cuál fue el último día que cogí olas en Santa Cristina. Aunque tampoco creo que sea necesario, porque tengo suficientes imágenes todavía en mi mente de aquellos deliciosos años, de aquellas divertidas tardes de invierno, de las fascinantes experiencias que me permitió vivir y de los grandes colegas que me hizo conocer.

Creo que es Miguel perdiendo una ola que se deshace debajo de su tabla, mientras que los dos de atrás, ya muy mal colocados intentan remontar porque es posible que la corriente se los haya llevado fuera del pico.

5 de julio de 2014

LOS INVIERNOS DE SANTA CRISTINA - 3ª parte

Foto reciente. Cuando veo esta imagen, me vienen a la cabeza las muchas lejanas tardes contemplando este mismo paisaje. 
          En aquellos años de Santa Cristina disfrutamos mucho, nos reímos mucho, y surfeamos muchas olas. Porque nos empapamos de la esencia del surf, coger buenas olas una tarde con dos o tres amigos e irnos para casa pensando que mañana, o pasado, o muy pronto, habría otros buenos baños. Que las olas nunca se acaban, que siempre van a estar ahí, que son un maravilloso regalo que nos hace la Naturaleza para nuestro deleite. Y gratis, que es lo mejor.
  También es verdad que pasamos mucho frío, que nos llevamos muchos chascos cuando llegábamos pensando que el mar había subido lo suficiente y resultaba que no, o que la marea estaba muy alta, o que sencillamente no llegaba el mar para que hubiese una mínima ola.
Una tarde al salir del agua caminando por la carretera con los pies descalzos y congelados, al tropezar con una piedra me rompí una uña que me quedó deformada, aunque ahora es tan solo un recuerdo de aquellas tardes magníficas.
Llegábamos a la playa sobre las cuatro y media o cinco del atardecer invernal, cuando el sol ya comenzaba a declinar, y salíamos del agua sobre las 18,30. Ahí cogí yo conciencia, por vez primera, de la hora exacta en que anochecía en los inviernos. En diciembre, a partir de la 6 y veinte, la oscuridad ya nos impedía ver venir las olas.
Entonces salíamos del agua, tiritando, justo cuando la helada nocturna comenzaba a caer inmisericorde sobre la arena de la playa. Y sentías que los pies se te abrasaban, pero de lo frío que estaba el cemento de la carretera.
La primera maniobra era intentar abrir el coche, pero nuestros dedos eran incapaces de manejar la llave y con frecuencia teníamos que recurrir a algún paseante. La segunda, sacarnos el neopreno -o lo que cada uno se ponía-, tarea más complicada aún, ya que el frío nos sacaba la fuerza de los dedos y el relente gélido empeoraba aún más su parálisis. Después de estar dando saltitos para entrar en calor era un alivio cuando podías coger la toalla, secarte e intentar vestirte.

Aquí, yo disfrutando de las izquierdas.

  Con el tiempo me di cuenta de que como después de la playa teníamos que ir directamente al Club en donde yo trabajaba una hora más tarde, lo más práctico era sacarnos el traje y taparnos simplemente con la toalla, meternos en mi coche e ir directamente a estar 30 minutos debajo de la ducha caliente (¡¡qué placer!!). Aunque para ello teníamos que atravesar prácticamente toda La Coruña por el centro de la ciudad, y cuando parábamos en un semáforo los peatones miraban dentro del coche con asombro. Nosotros nos reíamos, no podíamos hacer otra cosa y, además, lo primero era lo primero; no íbamos a cambiar nuestra comodidad por un simple detalle como aquel.
Cuando llevábamos tiempo surfeando esta ola, yo empecé a preguntarme como sería cuando entrase un maretón enorme. Pero una tarde en que el Orzán se desfasó hasta el punto de que las olas, invadiendo la calzada, llegaron a girar algunos coches que circulaban por la avenida, corrimos hasta Santa Cristina, pensando que quizás aquel era el día de verla gigante. Pero al llegar allí también el mar estaba desfasado, quizás no por tamaño, ya que rompían dos metros, sino porque era el típico oleaje revuelto y poco apetecible. Ahí llegamos a la conclusión de que el tamaño ideal de mar para disfrutar en esta playa era el típico metro ordenado y glassy. Ni más, ni menos.
El reverso de una de las fotos atestigua la fecha.

Los surfistas que podíamos titularnos “locales” de Santa Cristina éramos Miguel, Alejandro Mesías, Manuel (no recuerdo su apellido), como habituales. Luego los esporádicos, que para su desgracia solo podían ir ocasionalmente (y si había olas, claro): Rufino, Tito, Carlos Coira, Pipo, José Andrés, Jose “Queimarán” y algunos más que ya no tengo en la memoria. Algunos me tendrán que perdonar que no los mencione, pero mentiría si dijese que recuerdo a todos los que por allí pasaron en aquellos años.
Pero hubo alguna excepción. Fue un chico (creo que era madrileño) que apareció un día por la playa y que se entusiasmó viéndonos coger olas. A los pocos días trajo una tabla de evidente fabricación casera, que me quedó muy grabada en la memoria para toda la vida. Era la...¿tabla? más original que he visto nunca. Y una demostración de que la ilusión nos puede cegar el sentido común hasta un punto inimaginable. Este muchacho, con enorme optimismo, había hecho lo siguiente: con unos paneles de corcho blanco (porespán, o poliestireno expandido) había conformado más o menos la silueta de una tabla. Pero ante la evidente fragilidad de aquellas delgadas planchas de corcho, compró una tela plástica, de skai en color gris, de forrar sofás, y envolvió los corchos con aquella tela para darle algo de rigidez. Pero como aquel forro exterior parecía empeñado en “desenvolverse”, remató la idea atando todo el conjunto con unas cuerdas, eso sí, unas buenas cuerdas, con lo que dicho conjunto quedaba aparentemente sólido. La punta era triangular, de líneas rectas, como para que rompiese el agua con su forma “hidrodinámica”. Y la popa era sencillamente rectangular: porque, si la parte de delante andaba, ¿cómo no iba a andar la parte de atrás, fuera como fuera ésta?
Íntimamente presentimos la corta vida de aquel engendro. Pero de nuestras bocas no salió ni una palabra de crítica, sino más bien “qué bonito”, “a ver si funciona...”. Era lo más que le podíamos decir en aquel momento, sin que creyese que lo queríamos desanimar, chafarle la ilusión, o sabotearle el experimento. Incluso, algunos nos llegamos a contagiar algo de su entusiasmado optimismo: “igual coge una ola”.
Llegado el momento de probarla. se echó al agua, remó encima de aquello hasta ponerse en el pico (lo logró, mucho mérito) y se dio la vuelta para tratar de correr la primera ola. Ésta llegó, lo cogió por debajo, lo desmontó de la tabla y a continuación la ola se entretuvo unos segundos (no necesitó más) en despanzurrarle el artilugio y echarle a perder muchas horas de trabajo, algún dinero y, por supuesto, la enorme ilusión del chaval.
Cuando llegó nadando hasta la orilla, traía debajo del brazo los restos de lo que, sin duda, era la mejor demostración de que el excesivo entusiasmo por el surf nos puede llegar a crear alucinaciones realmente preocupantes, desde un punto de vista de salud mental. Pero nadie se rió. Todos miramos aquellos trozos de corcho, tela y cuerda, ya totalmente sueltos, con aire de “qué raro, qué habrá pasado...”      
No he mencionado que el madrileño era un chaval excelente, a pesar de todo.
Yo en otra izquierda. Y juraría que el que espera la siguiente ola es Miguel Camarero.


22 de junio de 2014

LOS INVIERNOS DE SANTA CRISTINA (2ª parte)

Aquí se percibe perfectamente el banco de arena que, formado por la desembocadura de la Ría do Burgo, produce las olas, en especial magníficas izquierdas. Foto Oleiros.org
Señalaba en la parte 1ª que la decisión de Félix Cueto, uno de los pioneros del surf español fue trascendental para el nacimiento del surf en Galicia norte, en Coruña. Félix era un joven gijonés que, llevado por su amor al mar, decidió estudiar en la Escuela de Náutica coruñesa, a dónde llegó en 1965. Tres años más tarde se trajo su tabla de Gijón, y con otro asturiano que era también alumno de la Escuela, Amador Rodríguez, comenzaron a surfear en Coruña. Al poco conoció a los locales Miguel Camarero y Gonzalo Viana, que estaban muy interesados en el surf, y pronto estaban surfeando todos juntos en Bastiagueiro, playa que estaba tristemente de actualidad porque a pocos metros de distancia de la orilla había naufragado a finales de octubre de 1970 el buque Erkovitz, que fue una de las mayores catástrofes medioambientales que sucedieron en la costa gallega. Pero esa es otra historia.
Todo este relato, y el de sus protagonistas, ya está escrito por Jesús Busto en su blog “Desde la Croa”, por lo que en él se puede profundizar en estos personajes, todos y cada uno de ellos protagonistas de unas apasionantes vidas, y en algunos casos no solo por haber sido surfistas pioneros. También es tema para otro momento, aunque en “Desde la Croa” ya hay mucho escrito.
Yo quiero limitarme tan solo a mis vivencias personales.
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Al final del verano de 1970 se hundía el pesquero “La Isla” muy cerca de dónde hoy está la Casa de los Peces. En él falleció casi toda su tripulación, simplemente porque los medios con los que se contaba entonces fueron incapaces de llegar a tiempo para socorrerlos. Esta tragedia causó un impacto muy fuerte en la opinión pública, por lo que pocas semanas más tarde ya estaba muy avanzado el proyecto de crear la Cruz Roja del Mar.
Aun recuerdo estremecido el relato que hizo la prensa de aquel suceso. Los marineros -de los que probablemente casi ninguno sabía nadar- gritaban pidiendo auxilio, y testigos de la tragedia que habitaban en unas casas cerca de la orilla del mar los oían (creo que era de madrugada), pero se veían impotentes para prestarles auxilio. Este llegó, por fin, cuando ya era muy tarde para impedir que 14 hombres murieran ahogados en la mar del Orzán.
El proyecto de creación de la Cruz Roja del Mar motivó que los británicos de su sociedad nacional de salvamento (Royal National Lifeboat Institution-RNLI) nos enviaran dos modernas embarcaciones, con la intención de vendérnoslas posteriormente. Aunque, después de probarlas todo un año, el gobierno tomó la decisión de fabricar las suyas propias, eso sí, adoptando sus características principales.
Estas embarcaciones (las británicas) disponían de condiciones para la navegación y el rescate en las condiciones más difíciles, que nos dejaban asombrados (eran capaces, por ejemplo, de volcar y automáticamente recobrar la posición correcta, por lo que se las consideraba insumergibles). Pronto empezaron a ser probadas en aguas de nuestra bahía. Para tripularlas se solicitaron marineros voluntarios y yo me presenté de inmediato. Recuerdo que argumenté, al entrevistarme con el encargado de hacer la selección, que además de ser buen nadador practicaba el surf, lo que yo suponía que sería un argumento irrebatible para que me eligieran. No sé si por esa razón, o por lo de haber nadado, o porque no había muchos voluntarios, el caso es que me eligieron...Pronto salí para mi primera navegación.
Pero yo no contaba con un factor personal muy negativo, y es que me mareaba como un piojo...
Aun recuerdo a uno de los suboficiales ingleses dándome palmaditas en la espalda y consolándome en su idioma, mientras yo vomitaba por la borda con desesperación y mucha vergüenza sobre las aguas del Atlántico...
Pero bueno, esto fue una anécdota más. El caso es que otro de los marineros voluntarios era un chavalote fortachón y hablador llamado Miguel Camarero. Y pronto, en la conversación salió el surf, ya que él había empezado hacía meses y tenía una tabla (la Bilbo) que le había vendido un asturiano (Félix Cueto). Y enseguida quedamos para surfear un domingo en Bastiagueiro.
Lo cierto es que Bastiagueiro fue la playa en la que yo conseguí aprender a surfear, en la que por vez primera supe ponerme de pie en la tabla. Recuerdo esa ocasión, un mediodía soleado de noviembre, en el que yo estaba totalmente solo en el agua con mi enorme tablón de rayas verdes.
Pero un día Miguel me dijo que el mar iba a subir, y que entonces podíamos surfear Santa Cristina, la playa de al lado. Yo creía que en ella no entraba mar suficiente, pero Miguel me aclaró que, con marejada, ya se podían coger muy buenas olas.

La construcción del dique de abrigo restó mucho mar en especial a la zona de la playa en la que rompen olas.  La señal para irnos a Santa Cristina era una fuerte subida de mar en el Orzán. 
Tengo grabado en la retina la primera vez que vi romper en Santa Cristina. Tal como me anunció Miguel el día anterior, un domingo de noviembre empezó a entrar mar. Yo iba con mi coche por la carretera de Las Jubias y paré en la cuneta para ver el oleaje anunciado por mi amigo. Efectivamente, allí estaban las magníficas olas de Santa Cristina. Desde arriba se veían romper perfectas, muy lejos de la orilla, y muy diferentes de las barras de Bastiagueiro. Recuerdo que el corazón se me aceleró y decidí ir a buscar mi tablón de inmediato, para tratar de coger aquellas ondas maravillosas.
Y, de esta forma, se inauguró la temporada de olas en Santa Cristina, ese invierno. Por fortuna, el mar siguió entrando con frecuencia, y las tardes dedicadas a surfear esa playa fueron numerosas.
Sin embargo, el otoño avanzaba hacia el invierno, y cada vez el agua se enfriaba más. No hace falta aclarar que surfeábamos sin traje de ningún tipo, y con mucho optimismo probamos a ponernos jerseys de lana. Además, la ausencia de inventos nos obligaba a nadar hasta cien ó ciento cincuenta metros si, al tratar de coger la ola, fallábamos y nos caíamos al agua, mientras el tablón se alejaba empujado por las olas. Recuerdo maldecir mucho en esas ocasiones.
Cuando empezó diciembre y, lógicamente, muchas tardes eran frías y desapacibles, con lluvia o viento, había olas, pero cada vez nos costaba más meternos.
Una tarde apareció por la playa una mujer que vivía en un chalet cercano, que me conocía porque a sus hijos yo les había dado clases de natación.
Cuando me vio salir del agua, totalmente aterido de frío, me prometió que al día siguiente me iba a traer un traje de buceo que su marido ya no usaba.

Aquí estoy entrando al agua ya con el traje de goma que me salvó la vida aquel invierno. La tabla no es la mía habitual, pero la costumbre era cambiarnos las tablas constantemente y además... no había suficientes para todos. 
Efectivamente, cumplió su promesa, y ¡qué sensación más deliciosa! Era un poco molesto llevar la cola de pingüino del traje, colgando, pero los siete milímetros de espesor me abrigaban del frío. Para no entorpecer las maniobras solo utilicé la chaqueta, las piernas las seguí llevando al aire muchos años todavía.
Y, por cierto, nunca más me volvieron a convocar como marinero voluntario.

Y en esta foto estoy disfrutando de la orillera en marea alta, para mí la mejor ola de esa playa, aunque a veces exigía violentos"aterrizajes" en una arena gruesa y plagada de conchas y pequeñas piedras.
Esta es una imagen actual de la playa. Hace tiempo se añadió arena, ya que, cuando empezamos a surfearla, los edificios y el paseo habían invadido el arenal y en marea alta ya casi no quedaba playa.


14 de junio de 2014

LOS INVIERNOS DE SANTA CRISTINA - ALGUNAS OTRAS COSAS SOBRE LOS COMIENZOS 1ª parte

Santa Cristina, sobre 1930 (quizás).
En esta vida llega un momento -afortunado- en el que tus recuerdos pueden ser innumerables. Pero la memoria es selectiva, ya que si no sería imposible concretar los más importantes, como es lógico. Por eso el que yo recuerde, en mis vivencias del surf, las muchas tardes de invierno pasadas en la playa de Santa Cristina significa que representan algo muy especial para mí.
Es indudable que, a estas alturas, decir que el surf ha sido algo importante en mi vida es una obviedad. Pero pretender que en mi vida de surfista Santa Cristina ha sido algo importante, quizás ya no lo sea. Ciertamente en esa playa, en esa ola, descubrí cosas importantes del surf, y por ello marcó para mí una etapa importante.
El banco de arena que hacia el final de la playa produce, de vez en cuando y con las condiciones necesarias, unas buenas olas sobre todo para el longboard, está originado por las fuertes corrientes que se forman en la desembocadura de las aguas de la ría del Burgo, que acumulan arena hasta formarlo, a la distancia correcta de la orilla, para que pueda romper esa ola.
La construcción, a mediados de los sesenta, del dique de abrigo, no fue muy buena para esta rompiente, ya que agudizó la falta de oleaje directo, y que obliga a necesitar una buena marejada para que rompa el mínimo necesario para que levante una olita decente.
        Cuando yo empecé a frecuentar esta playa en los primeros setenta ya no era el paraíso que había sido hasta diez o veinte años atrás. Primero, la construcción del dique de abrigo al interrumpir bastante la entrada de oleaje hizo que la arena de la playa empezara a desaparecer lentamente, año tras año. Por otra parte, de ser un paraje bucólico y solitario en las afueras de Coruña, la barra de arena comenzó a sufrir las ansias urbanizadoras sin límites ni regulaciones de ningún tipo. Y por eso el único testimonio de lo que había sido una hermosa y privilegiada playa, con zona de oleaje por un lado, y de aguas tranquilas por el otro, con grandes dunas entre ambos mares, se limitó a fotografías como las que os muestro aquí.

                                                    ---------------------------

El primer surfista en activo con que me topé, a poco de haber conseguido tener un tabla -primer logro casi imposible en aquellos años- fue Miguel Camarero. Hoy en día es difícil imaginar, para las actuales generaciones, lo que significaba entonces que te encontrases con alguien que, asombrosamente, también era surfista. De inmediato lo convertías en tu colega más cercano. Además, Miguel, era -y lo sigue siendo, gracias a Dios- un chaval entrañable. Algo más joven que yo, una persona agradable, risueña y sobre todo enamorado del mar, de la vida, y de todas esas cosas bellas que hay ahí fuera y que, muchas veces, nos llegamos a olvidar de que existen. Él me habló de la aventura que acababan de comenzar unos cuantos alumnos y compañeros suyos de la Escuela de Náutica coruñesa, con relación a la práctica de un nuevo deporte llegado de las islas Hawai llamado surf, o surfing. Indudablemente esta Escuela fue el vivero más lógico para todo lo que pasó después. ¿En donde se podría encontrar mejor que en ningún otro sitio chavales lo suficientemente enamorados de todo lo que significase el mar, los océanos...?
Pero lo primero de todo, fue la trascendental venida desde Gijón de Félix Cueto a estudiar Náutica a La Coruña, y al que los surfistas coruñeses le tendríamos que hacer un pequeño pero cariñoso homenaje en forma de monumento, al lado de esos surfistas anónimos que hay sobre la playa del Matadero.
         Porque, aunque seguramente todo hubiese sucedido más o menos, y más tarde o más temprano, de una forma parecida, lo cierto es que fue él, y no otro, el que estuvo allí, en el momento y en el sitio oportuno para que empezase a andar el surf en Galicia norte. El terreno estaba abonado, porque la idea ya existía, y prueba de ello eran Rufino y Tito, que a su vez, y con las mismas inquietudes que teníamos en nuestra pandilla, también habían empezado a dar pasos adelante. Y por lo que, muy pronto, todos fuimos un solo grupo de chavales a los que ni los temores de nuestros padres porque parecía que el surf era un peligroso deporte, ni el dedo que muchos de nuestros amigos se ponían en la sien cuando salía el tema del surf en las conversaciones, fue impedimento para que nuestros objetivos se fueran consiguiendo. Que eran dos, principalmente, conseguir tablas y descubrir olas.

                        (continuará)

Santa Cristina, cuando aún era un paraíso solitario

27 de mayo de 2014

NORDKAPP.14 Un asombroso paisaje


          La temprana luz matinal nos despierta pronto. Esa noche, siguiendo nuestro sistema para ahorro de gastos, nos hemos conformado con la tienda de campaña para dormir, en vez de alquilar una cabaña, a pesar de que el tiempo se ha tornado lluvioso y desapacible, y que me recuerda mucho el clima de mi Galicia, nubes bajas entrando por las rías que ocultan las cumbres de los montes, humedad y llovizna, temperatura sin embargo suave; reina algo grato en el ambiente que a mí me gusta.
          Mientras Quim acaba de recoger y paga en recepción, ojeo el mapa. Hoy me toca llevar el volante y deseo ver la carretera a la que me voy a enfrentar, ya que sospecho que la cosa va a ser un poco complicada a partir de ahora. Esto lo pienso porque en el Cabo Norte nos encontramos a un español que había hecho el recorrido a la inversa, esto es, subiendo por Noruega primero, conduciendo un coche que remolcaba una caravana, y nos contó que le había parecido larguísimo (es decir, que era larguísimo) el recorrido por la intrincada geografía de Noruega. La carretera da vueltas y más vueltas, es estrecha, los noruegos cuando conducen no parece que vayan a ninguna parte (es raro ver un coche que vaya a más de ochenta), los pasos por pueblos tienen limitación a 40 ó 60 Km./h. como mucho, cada dos por tres hay que coger un ferry, lo que obviamente reduce mucho el promedio de kilómetros a recorrer cada día. Y, por supuesto, que uno no puede pasar por la geografía noruega sino deleitándose con uno de los paisajes más apasionantes de Europa. España es bellísima, sobre todo por su tremenda diversidad. Los Alpes son impresionantes. Pero Noruega te puede dejar con la boca abierta mientras dura tu viaje por ella. Y te aseguro que dura muchos días.


          Ayer habíamos conducido demasiadas horas y, sin embargo, al reconocer en el mapa en dónde estábamos todavía, me asusté.
          Cuando Quim subió al coche le comenté mi impresión, y que teníamos que planificar un poco nuestro retorno. Si la subida había sido larga, la bajada, por aquella ruta, podía ser eterna. Calculamos lo que nos llevaría llegar solamente hasta Oslo (en dónde pensábamos parar un par de días) y nos salían unos cinco días de viaje, deteniéndonos lo indispensable y si no surgía ningún contratiempo. Hay que pensar que nuestras jornadas al volante estaban siendo de ocho horas, con un recorrido medio de 400 a 600 Km. por día, además de cortas visitas a sitios interesantes. Por otra parte, tanto Quim como yo íbamos bastante rápido, ya que a los dos nos gusta ese tipo de conducción, en el que tratas de mantener promedios de alrededor de 80 Km./hora.
          En fin, nos pusimos en camino y al salir de Alta, al ver la indicación del Museo local, nos pica la curiosidad y paramos, aprovechando para tomar un café caliente en la cafetería/restaurante, sumamente agradable, que posee la instalación.
          Saboreamos el café admirando un hermosísimo paisaje que se divisa a través de unas cristaleras. El día no favorece mucho, y lamento que las nubes bajas nos impidan ver las cumbres de los montes. Esta mañana los fiordos son como gigantescos túneles, con un techo de tonos grisáceos compacto y uniforme hasta dónde alcanza la vista.
          Visitamos las salas del pequeño museo, que está dedicado a la historia costumbrista y artesana de la zona. El edificio parece nuevo y muy cuidado -como todo lo público en este país-y curioseamos por diversas dependencias en las que se exponen de forma moderna videos, diapositivas, etc., de aspectos interesantes de la vida de estas gentes que, desde tiempo inmemorial, se han dedicado a la pesca, ganadería y un poco a la agricultura. El extraer los productos del mar, ha sido de todas formas la principal fuente de riqueza. Secar y ahumar el pescado son técnicas antiquísimas practicadas hasta hoy por los pescadores, en este momento de una forma industrial y próspera. Me parece que el 90% de la población vive de ello, ya que la ganadería es trashumante, y a ella se dedican más bien los lapones que viven en las montañas que limitan con Suecia, que bajan a los pastos de las costas cíclicamente. Cuando la nieve cubre con varios metros de espesor la vegetación en los montes, ellos buscan con sus
ganados de renos la hierba que, por la templada influencia del "Gulf Stream" en la costa, no se llega a tapar más que ocasionalmente por algún temporal de nieve.
          Alta era hasta el siglo XIX la puerta de entrada al Finnmark,  la extensa región que ahora venimos recorriendo.
          En el valle del río Alta, que desemboca en el fiordo del mismo nombre, se han descubierto numerosas huellas de habitaciones humanas de hace diez mil años, por lo que se supone que ya Alta era entonces un centro de la cultura de la Edad de Piedra, de la que se conservan inscripciones en rocas que datan de alrededor de 4.000 años.


          El cristianismo tuvo una entrada tardía en estas tierras, en especial en las del interior, cuyos habitantes practicaron el culto a sus dioses ancestrales hasta el siglo XVI. De hecho, la primera iglesia no se construyó hasta 1694.
          El sentimiento ecológico de estas gentes quedó patente en el conflicto surgido entre los años 73 y 82 por el intento de construcción de un importante embalse para el desarrollo hidroeléctrico y cuya paralización -por los daños que causaría y por la conservación de la naturaleza en Noruega- fue una de las reivindicaciones más importantes del pueblo Lapón que habita estas tierras.
          En uno de los indicadores de las salas señala que en la planta baja hay unos servicios. Sentimos la necesidad de visitarlos y bajamos. En un primer momento no me llaman la atención unas extrañas y poderosas puertas que hay al extremo de  la sala a la cual da la puerta que buscamos. Al salir del servicio me vuelvo a fijar y veo unas duchas que salen de la pared. Están situadas en una especie de vestíbulo, realmente pequeño, y que tiene esas llamativas puertas, que al observarlas bien me fijo en que son herméticas, con un sistema de cierre similar al de la compuerta de un barco, con un volante para cerrar a presión. Asimismo veo unas rejillas en el techo un tanto sofisticadas para aireación de la sala. Y entonces me doy cuenta de que se trata. Es un refugio atómico. Las duchas son para lavar a las personas contaminadas, y las puertas herméticas, para encerrarse allí dentro, ya que la sala en donde hemos visto todo ésto, es subterránea. Veo más puertas, éstas cerradas, que imagino que esconderán toda clase de elementos necesarios para sobrevivir en la triste posibilidad de tener que usar esta parte del edificio para lo que -ahora me doy cuenta- fue realmente habilitada.
          Me da la sensación, por lo que voy observando, de que en este país hay un cierto temor y una cierta toma de conciencia -entre su población- a una guerra. Será por que hace solo cincuenta años sufrieron la arrasadora invasión de los alemanes, será por su status de miembro muy activo de la Defensa Noratlántica y la proximidad de la URSS, no sé, pero no es difícil notar esta sensación de la que hablo. Su ultranacionalismo y su proximidad geográfica y de interés estratégico para los rusos, pueden ser también otros factores que influyen.
          De nuevo en la ruta, continuamos nuestra lenta marcha por entre abruptas montañas, bordeando constantemente innumerables bahías, ensenadas, fiordos inmensos y profundos, tanto en longitud como en profundidad marina. Se ve muy claramente la historia geológica, pasada y futura, de estos impresionantes accidentes geográficos. La tierra firme se elevó, no hace demasiado -en términos de geología- permitiendo después que el mar penetrara por los valles, formados posiblemente por la erosión de alguna larga era glaciar, y con posterioridad, en el calentamiento global de una era posterior -tal como la que ahora disfrutamos- al elevarse el nivel del mar por fundirse el hielo, aquel penetró por los valles, formando esta maravilla que ahora yo contemplo extasiado al ver tanta belleza.
          Veo que las faldas de los montes tienen señales de frecuentes derrumbamientos que indican que se está produciendo la desintegración de esas masas de roca (seguramente por la climatología, unido a un material muy frágil) y que llevará a estos fiordos a convertirse, en pocos -relativamente- siglos en algo similar a lo que hoy en día son las rías gallegas, que por el mismo proceso geológico debieron ser en su día igual que estas rías del norte del planeta. Hay que tener en cuenta que Galicia es un terreno mucho más antiguo que las montañas escandinavas, formadas más recientemente, en el período Caledoniano.
          Una muestra de que esa elevación se produjo no hace demasiados siglos son los ríos que, en altísimas cascadas, desembocan en las aguas de los fiordos. En Galicia existe el río Xallas, que es el único que desemboca de esta forma en un estuario marino, lo que ratifica la teoría del paralelismo en la formación de las rías gallegas y éstas de la costa escandinava atlántica.
La erosión ha producido una tierra tan accidentada que los noruegos, cuando hablan de su paisaje, se refieren a él como “naturaleza dramática”.

Seguimos nuestro camino inmersos, por tanto, en toda esta maravilla, en la que hay dos colores predominantes, el gris y el verde, ambos en toda su gama cromática; gris claro, las verticales paredes de los montes, y gris oscuro la tranquila superficie marina de los fiordos; verde claro, las frecuentes áreas cercanas a las orillas, de hierba alta y abundante, y verde oscuro los inmensos bosques que ascienden por laderas empinadas, hasta casi llegar a las propias cumbres de agrestes rocas, con aspecto de ser inexpugnables.
Nuestra intención es continuar hasta la ciudad de Tromso, aunque ello nos obligue a desviarnos algo de nuestra ruta hacia el mediodía, pero las guías turísticas aconsejan una visita a esta urbe, una de las más notables del noroeste noruego.
          Comienzan, pocos kilómetros más adelante, a aparecer las esperadas -por lo que ello significa de romper la rutina del asfalto- travesías en los pequeños ferrys que nos pasan de una orilla a otra de un fiordo que, de otra forma, nos obligaría a recorrer decenas de kilómetros para rodearlo. Son navegaciones de pocos minutos, y que condicionan, me doy cuenta, el ritmo del viaje por estas carreteras. Será por ello por lo que los noruegos no se esfuerzan en conducir sus vehículos con demasiada prisa. Y lo que voy viendo cada vez más claro es que para viajar, esta gente, no se plantean hacerlo en coche si su recorrido es de más de unos cientos de kilómetros. Ir a la capital del país, desde esta zona en la que nos encontramos -que ya no es la más alejada-puede ser un desplazamiento de diez días entre ida y vuelta. Y ésto en la época de buen clima, ya que en invierno incluso se ven en los mapas carreteras que permanecen cerradas oficial y definitivamente, varios de los meses meteorológicamente más duros. Suelen ser vías del interior, ya que en cuanto asciendes unas decenas de metros en altitud pierdes gran parte de la suavizadora influencia climática del mar, y el paisaje se convierte en un infierno helado.
 Llego a la conclusión, por lo que voy viendo, de que los noruegos utilizan solo una pequeña porción del territorio existente, ya que cuando vas por una de esas carreteras que discurre al pie de una alta montaña, adivinas que por allá arriba no hay más que una absoluta soledad. A tan solo unos cientos de metros en línea recta de la civilización, se encuentra un paisaje que permanece así desde hace muchos siglos, sin que la mano humana se atreva a tocarlo, ni tan siquiera a llegar hasta él. Son esas innumerables cumbres rocosas, ásperas, en donde el frío y el viento constantes quita toda apetencia de ir hasta allí arriba. La vida de estos hombres y mujeres se desarrolla, pues, en esa estrecha franja, a veces de unas decenas de metros tan solo, que va desde la orilla de la oscuras aguas de un fiordo, hasta el pie de la empinada -e insegura- ladera de rocas y matorrales que suele bordearlo.


          Cuando nos embarcamos en un ferry nos dedicamos, bien a ver el  paisaje,  bien a curiosear por el barco. Así observamos en el puente de mando, que se ve desde una cubierta interior a través de una cristalera, al comandante de la nave que la gobierna. Es un hombre alto, de mirada fría que se pierde a través de los cristales, sobre las aguas que surcará, al poco, la proa de la embarcación. Viste un traje, como no, azul marino con galones de un dorado brillante que dan vida al apagado tono de su ropa. Le vemos cojear ligeramente, en sus paseos por el puente controlando los instrumentos de navegación. Tiene una bitácora en madera bellamente barnizada, con su parte superior en metal dorado, impoluto, que parece nuevo, o tan bien cuidado que se diría que nadie le pone nunca la mano encima. Admiro la pulcritud de estos noruegos.
      En el segundo de los ferrys nos encontramos de nuevo con la expedición de españoles que nos sigue -o nosotros a ellos- por esta ruta.  Acostumbrados que ya estamos a la tranquilidad y el silencio de las gentes del norte, nos sobresalta un poco la algarabía que se forma con cuarenta ibéricos comentando y contando chistes acerca de la inminente navegación en el ferry. Su autobús ocupa casi todo el espacio disponible para aparcamiento. De todas formas ya los noto -a mis compatriotas- un tanto apagados por el indudable cansancio del recorrido que, como nosotros, llevan realizado.
Recuerdo que ese día comimos un sandwich que nos preparamos en la parte trasera del coche, metiendo las lonchas entre pan, mientras esperábamos en la cola de uno de los ferrys. Luego, un café apresurado en un bar de allí cerca. Por cierto, que las cafeterías en Noruega son fácilmente identificables: se llaman "CAFETERIAS". Es fácil, ¿no?.

Tromso

          Llegamos a Tromso, hermosa ciudad, quizás la primera del Norte que merece tal nombre. Tendrá unos quince o veinte mil habitantes, un atractivo casco urbano, y unos alrededores muy densamente poblados. Está situada sobre una pequeña isla, a la que se accede por un bellísimo puente, que además es el más largo de Escandinavia y que recuerda la forma de un iceberg; hay pocos puentes en Noruega (para los que realmente necesitan), pero son verdaderas joyas del arte arquitectónico, quizás porque son todos muy modernos. Ahí se nota lo que, hasta hace pocos años, han confiado los noruegos en la navegación como eje de sus comunicaciones.
           Paseamos un poco por el centro. Como todo núcleo urbano que se precie, tiene su Museo, que no visitamos por falta de tiempo y no ser la hora adecuada. Está situado en la Universidad, por cierto creada hace muy poco tiempo, a raíz del "boom" del petróleo en el Mar de Noruega, y que posee el curioso mérito de ser la más septentrional del mundo. La vida es mucho más metropolitana, y averiguamos que se debe a  la corriente  de  trabajadores "francos  de ría", de las torres de extracción de petróleo en el mar.
          Al anochecer salimos de Tromso en busca de algún camping cercano, que pronto encontramos.
Como ya hemos cumplido con las normas de economía la noche anterior, esta vez nos regalamos... una pequeña y cómoda cabaña de madera.


18 de mayo de 2014

DONIÑOS, AQUELLA PLAYA EN EL HORIZONTE


EL PORQUÉ


El mar de Riazor tal como estaba en aquellas aburridas tardes de verano, sin olas, en Coruña.
Primeros años de los setenta. Una tarde soleada de verano. El mar apenas se mueve, y el nordeste sopla entablado y fuertecillo contra los acantilados de San Roque, el barrio marinero de A Coruña. Varios surfistas languidecemos perezoseando en el exterior del “chabolo”, mientras observamos como Rufino se afana en lijar un pan de foam para una nueva tabla de surf. Sus manos están blanquecinas por el polvillo blanco, que también se posa en sus cejas y su pelo.

Rufino, el primer "shaper" gallego, en su taller.

El “chabolo” es una cabaña de pescadores que cuelga de las rocas, sobre el mar, en donde el padre de Rufino guarda una lancha de pesca, que baja hasta el agua con una pequeña grúa. Pero últimamente ya no usa mucho la embarcación y Rufo utiliza el cobertizo para taller de construcción de sus primeras tablas. Y también se ha convertido en un lugar de reunión de los surfistas coruñeses, desde el que se organizan las salidas hacia donde haya olas ese día.



Este el sitio casi exacto en donde estuvo el "chabolo". Sobre esas rocas, pero en un emplazamiento que ahora está tapado por el relleno del paseo marítimo.

En los veranos de entonces todo el surf se paraba porque las olas desaparecían con las brisas del nordeste. Los inviernos, en cambio, eran tremendos, todo actividad. Íbamos del Orzán a Santa Cristina, de Bastiagueiro a Barrañán, de Sabón a Malpica, aunque a esta playa casi siempre los fines de semana, porque ya quedaba lejos. Pero cuando alguien decía: “¡Vamos a Malpica!”, todos se apuntaban con entusiasmo. Aunque el mito muchas veces se derrumbaba, y cuando llegabas allí las cosas no eran como esperábamos. Sabíamos, por ejemplo, que cuando el Orzán subía hasta los cinco metros, Santa Cristina nos esperaba con magníficas olas.
Porque, ¡cuántos kilómetros inútiles, cuantas decepciones al asomarnos al acantilado éste o aquel y descubrir que las olas, ese día, brillaban por su ausencia. Aunque siempre nos quedaba el recurso de unos vinos o unas cervezas, y unas tapas de pulpo, antes volver por donde vinimos.
La Coruña en invierno es fantástica, con las marejadas y los suroestes. Desde las playas urbanas hasta Malpica. Pero más allá, en aquel tiempo, eran playas ignotas, rodeadas de misterio, en las que imaginábamos olas increíbles aún sin descubrir.



EL DESCUBRIMIENTO
Por eso, aquella tarde yo contemplo desde el chabolo como el viento riza la superficie del mar con pequeñas olas, pero que no significan nada para nosotros. El día es maravilloso, soleado, buena temperatura, el agua de un color azul muy diferente del gris plomizo de los meses invernales. Todo invita, pues, a entrar al agua, ¿pero en qué olas?


Sigo con la mirada fija en el mar y, poco a poco, levanto la vista como buscando el nacimiento de aquella brisa constante del nordeste y enfrente contemplo la península de La Torre. Y de pronto veo algo que me interesa. Más allá, apenas sobre la línea del horizonte, se dibuja una lejana costa entre la bruma. Al pie de ella una línea blanca, deben de ser apenas unos cientos de metros pero, sin duda, se trata del final de un gran arenal. Al instante un detalle cobra sumo interés en mi pensamiento: el viento viene justamente de allí, lo que significa que, en esa playa remota y desconocida, esa brisa del nordeste es de tierra. Ese es el primer detalle en el que pienso. Después se me ocurre el segundo, esa playa parece bastante abierta, ¿habrá olas en ella?; y aunque parece mirar hacia el suroeste, malo será que no le entre algún oleaje. Bastaría una pequeña ola, a la que sin duda ese viento le daría por tierra, para que unos surfistas aburridos y desesperados pudieran sacarse el mono veraniego de encima.

Allá, al fondo, se ve la costa de Ferrol entre la bruma (La punta es Cabo Prior). El nordeste, que en la foto se ve como riza el mar, viene de esa dirección. Y debajo, entre las rocas, el canal por donde seguramente se sacaba la embarcación del padre de Rufo.
Voy hasta mi coche y cojo un pequeño mapa turístico de Firestone. Éste es un plano de carreteras en el que están dibujados con cierto detalle los arenales innumerables que posee la costa gallega. Es la única ayuda con la que podemos contar para encontrar playas desconocidas.
Y ahí está dibujada, efectivamente. Una playa de gran tamaño, cuyo nombre está rotulado sobre el color azul del mar que se supone que bate en ella: "Doniños". Para mí, un nombre desconocido.
Tras un breve debate nos ponemos de acuerdo, hay que intentar llegar hasta esa playa y comprobarlo. Personalmente tengo la intuición de que yendo hasta allí no vamos a perder el tiempo, y termino convenciendo a los más reticentes (que están deseando dejarse convencer).

EL VIAJE A DONIÑOS
         Cargamos las tablas en un par de coches y emprendemos el viaje. Entonces, la carretera a Ferrol era larga y complicada. A pesar de que la costa se puede divisar a simple vista desde A Coruña (tan solo hay 14 kilómetros de distancia por el mar), el viaje por tierra es largo a causa de las rías, que obligan a rodearlas. Y menos mal que desde los años cuarenta ya un puente en El Pedrido permite evitar el paso por Betanzos, lo que antes suponía unos 20 kilómetros más. Aún así es una ruta que atraviesa muchas aldeas, con infinidad de complicadas curvas. En resumen, se trata de un viaje que lleva más de una hora. A lo que hay que añadir los quince minutos que se tarda desde Ferrol a Doniños.
Pero, en aquel entonces, gozábamos de mucho tiempo libre y de mucha paciencia para alcanzar nuestro objetivo.

El puente de El Pedrido, años cincuenta.

LA LLEGADA A LA PLAYA
Y por fin, después de la larga recta por el bosque (que aun recuerdo como emocionante preludio de la playa), aparece ante nosotros aquel hermoso arenal que divisábamos desde la distancia.
 Nuestras primeras impresiones me han quedado grabadas en mis recuerdos de una manera indeleble.
Cuando llegamos nos detenemos en la atalaya del outeiro, desde la que se divisa toda la extensión de la playa.

Doniños, en un atardecer de un verano cualquiera.

En el mar se ven numerosas rompientes que nos aceleran el corazón, y empezamos a elegir en cuál nos vamos a meter. Aquella tarde, en un atardecer típico de mediados de agosto, las olas son pequeñas, sobre algo más de medio metro, pero para nosotros más que suficiente. Muchas de las que vemos rompen con suavidad llegando desde la distancia, hasta la orilla. El viento, y eso es lo que más nos entusiasma, es totalmente de tierra, a pesar de que por la tarde, para nuestra experiencia, era casi imposible que en cualquier playa soplase viento off shore.


El sol ya declina sobre el horizonte, otorgando tintes dorados a todo el paisaje incluido el color del mar, en el que se refleja la luz solar con fuerza, indicando su orientación totalmente del oeste.
No tardamos mucho en reaccionar, y cogiendo nuestras tablas nos lanzamos colina abajo directos al agua. En verano, casi ningún surfista usaba traje de neopreno, ya que eran solo para el invierno.
La impaciencia nos puede y corremos por un sendero que aún existe, por la ladera del Outeiro primero y que luego atravesando las dunas lleva casi hasta las mismas olas. Creo que parecíamos unos locos de atar, con unas pequeñas lanchas bajo el brazo corriendo muy nerviosos y gritando, en dirección al agua, como si fuéramos a suicidarnos en ella presos de una total desesperación.

LAS PRIMERAS OLAS
Recuerdo perfectamente la sensación tan vivificante que sentí remando sobre mi tabla, sorteando las olas para llegar hasta el pico. La frescura del agua, que nos pareció tan grata después del calor pasado en el viaje, las olas tan prometedoras que avanzaban hacia la orilla y que teníamos que sortear para llegar al pico, las crestas de agua cristalina que nos rompían encima, iluminadas por detrás por la luz del sol poniente, todo, todo, hacía de aquella experiencia un conjunto de sensaciones maravillosas, que nunca se me podrán olvidar.

Esta foto y la siguiente corresponden a una época posterior, diez o quince años más tarde. Pero reflejan perfectamente lo que nos encontramos aquel día al llegar por primera vez.
Hace años describí por primera vez nuestra llegada a Doniños, con estas frases: "¡Cómo recuerdo nuestra llegada a Doniños por primera vez, una tarde de Agosto de 1973, corriendo por las dunas para ir a coger aquellas maravillosas olas que habíamos visto desde la colina que domina la playa!".



Días más tarde volvimos a emprender la aventura de llegar hasta Doniños, y ya exploramos nuevas rompientes, yendo hacia la zona que hoy se denomina “la caseta” es decir, el extremo norte de la playa, a donde actualmente llega el aparcamiento. Metimos los coches por la pradera que hay por detrás de la dunas, por senderos solo para carros, y allí pudimos observar que en aquel extremo era a donde llegaba la única carretera que bajaba completamente hasta la playa, viniendo desde San Xurxo, y en donde había algún chiringuito playero. Pero recuerdo perfectamente que, en una soleada y calurosa tarde de verano, apenas habría cincuenta personas en toda la playa. Y que en esa tarde rompían cientos de olas sin que las cabalgase ningún surfista. Todo un paraíso, sin duda.
       Y nos dispusimos a disfrutarlo, ya para siempre.

Doniños, forever.