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13 de agosto de 2013

Una estrella fugaz cruza el cielo


            Todos los años, cuando llegan estos días de agosto, me invade la magia de Las Perseidas, de esas estrellas fugaces cruzando el cielo esplendoroso de una noche de verano. Y me voy, en plena noche, a los espacios abiertos con la ilusión de contemplar esa fugacidad tan extrema, ese segundo mágico en el que, inevitablemente, lanzamos una exclamación de asombro cuando atraviesa nuestra atmósfera esa pequeña mota de polvo, trazando una línea recta tan perfecta como efímera.
            Algún año esta fecha me cogió en Tenerife, y subíamos a Las Cañadas del Teide, a más de dos mil metros de altitud, para observarlas en todo su esplendor en la limpia y despejada atmósfera de estas cumbres canarias. Nos tumbábamos en la tierra seca, protegiéndonos del frío con alguna manta, y apoyábamos la cabeza en un cojín hurtado a última hora en la casa familiar. Y mientras, con la vista perdida en el infinito, nos contábamos chistes para entretener la impaciente espera, y nos maravillábamos admirando ese espectáculo increíble que es el universo. Lo primero de todo era situarnos en la dirección adecuada fijándonos en la Estrella Polar, al final del extremo de la Osa Menor, tratando después de encontrar la constelación de Perseo, para poder anticiparnos un poco a la instantánea caducidad del espectáculo. Y en algún momento nos sorprendíamos al darnos cuenta de que, inconscientemente, habíamos extendido el brazo hacia la inmensidad que se levantaba sobre nosotros, como si pudiéramos tocar alguna estrella con la mano para señalarla con más precisión.
            De pronto alguien gritaba “¡allí, allí va una!”, y todos buscábamos con ansiedad la mágica línea luminosa antes de que desapareciera. Algunos, con gran desencanto, no lo conseguíamos. Pero pronto la ilusión de que la próxima aparecería en cualquier momento nos obligaba a concentrarnos aún más en vigilar el firmamento.
            Porque, al final, lo mejor de esta experiencia era haberle dedicado un largo rato, sin prisas, a la observación de ese maravilloso escenario, sin duda el más impresionante que nos puede ofrecer la Naturaleza, del que tan poco conocemos y que tanta fascinación ejerce sobre nosotros cuando lo examinamos con calma, porque la vida diaria nunca nos permite estar en ese ensimismamiento tanto rato, como cuando llegan estos días de agosto y caen sobre nuestras cabezas las lágrimas de San Lorenzo. Ese, creo yo, es su principal mérito, lograr que descubramos, con nuestros propios ojos, el misterioso, el incomparable, el increíble paisaje del Universo.
            Cuando miramos al horizonte de un océano, tenemos constancia de que, detrás de aquella línea, se esconden otras tierras, paisajes y culturas. Pero no las podemos ver. Sin embargo en el universo no hay horizontes, y si nuestra vista no fuera tan infinitamente débil podríamos divisar la frontera del Universo, tan infinitamente lejana, a casi quince mil millones de años luz.  


    

1 comentario:

  1. Que tal Carlos!
    Esta madrugada pasada vi alguna. Aun estando en la ciudad y con toda la contaminación luminica se podian apreciar de vez en cuando esas fantasticas presencias.
    Supongo que en sitios adecuados el espectaculo seria mayor.
    Saludos!

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