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25 de septiembre de 2013

Darryl y el atún de la ensaladilla. Mi segunda tabla

        
     Creo que fue en la primavera de 1973 cuando, una tarde en la que surfeábamos el Orzán, como hacíamos casi todos los días, al subir la escalera de acceso al paseo nos encontramos con un muchacho con aspecto de extranjero nórdico: pelo rubio largo, barba, mandíbula prominente, complexión fuerte, estatura superior a la nuestra. No sabía hablar español, pero intentó decirnos algo con gestos. Su expresión era muy amistosa, y con un poco de nuestro inglés escolar conseguimos comunicarnos con él.
            Darryl –así nos dijo que se llamaba- era un surfista sudafricano que después de salir desde Inglaterra en un yate con rumbo sur, en compañía de un colega, habían sufrido una avería en el piloto automático que los obligó a recalar en A Coruña. Su plan era descansar una semana en nuestra ciudad mientras su amigo se volvía al puerto de origen para comprar la pieza.
            Nos dijo que traía una tabla de surf en su barco y que deseaba surfear con nosotros. Recuerdo mi emoción en aquel momento: ¡No me podía creer lo que estaba oyendo, era casi irreal! ¿Un surfer de Sudáfrica quería compartir sesiones con nosotros en nuestras olas, durante varios días? Era como si una noche de marcha te encuentras, yo que sé, con Julia Roberts, y te sugiere amablemente pasar la noche en tu casa porque no tiene donde quedarse. Algo así. ¿Estaba soñando…? Aquello no podía ser cierto.
            Pero lo era. Al día siguiente se presentó con su tabla en el Orzán de nuevo, y cogió olas con nosotros. La emoción nos podía. Los siguientes días lo citamos para llevarlo a nuestras otras playas, a que conociera toda la gama de olas de que disfrutábamos.
            El primer sitio adonde fuimos fue Barrañán. Era un día pequeño, con una ola babosa. Nosotros quisimos que se echase al agua pero –con los años lo entendí- aquella ola no le motivó lo suficiente y no se metió. Aunque nos dijo que podíamos probar su tabla. Creo recordar que no nos atrevimos, ya que su anchura era minúscula y su shape demasiado innovador, para unos lerdos como nosotros.


Guardo fotos de aquel baño en Barrañán

            Pero después de darnos un baño nos volvimos viendo playas. Y lo llevamos a una que ya conocíamos pero cuyas olas siempre nos habían parecido muy radicales para nuestras posibilidades. Cuando llegamos, yo le dije: “En esta playa nunca nos hemos echado. Se llama Sabón”.
            Darryl contempló las olas, como de metro y medio, con paredes verticales, lisas y muy rápidas. Al cabo de unos segundos de contemplación, se volvió hacia nosotros y, con una gran sonrisa y unas frases entusiastas en inglés, nos dejo claro que aquellas eran las olas en las que quería surfear.      
            Yo volví la vista hacia aquellas olas que habíamos despreciado (pero que también nos infundían secretos temores) y me di cuenta de que tendríamos que romper aquel tabú que significaba Sabón.
            Otro día, nos invitó a cenar en su yate a algunos de nosotros. Yo llevé a mi novia, en plan cenita formal. Nos recibió con alegría y nos enseñó el barco. Llegó la hora de cenar y sacó un par de tarteras con comida recién cocida y humeante, de olores a los que no estábamos muy acostumbrados. Empecé escogiendo unos vegetales que, sin saber qué eran, me los metí en la boca y los tuve que masticar bastante, ya que tenían una cáscara muy dura y desagradable. Cuando iba por el tercero más o menos, Darryl, partiéndose de risa me enseñó que, antes, había que sacarle la cáscara. Después supe que eran alcachofas, de las que solo se come lo de dentro. Yo me lo estaba comiendo todo, con gran esfuerzo. Fue una cena vegetariana de lo más espantoso. ¿Cómo podía Darryl hacer surf y sobrevivir con aquella dieta? En cambio, del postre recuerdo que estaba muy rico.
            Durante la sobremesa nos contó que se había casado, y que trabajaba como descargador en un mercado de frutas en Durban, pero que llegó un momento en el que se dio cuenta de que su vida iba por un rumbo equivocado, y deseaba dejar todo eso atrás, incluido su mujer. Con un par de colegas se marchó a las islas Mauricio, en donde estuvo un par de meses, y en donde fabricó la tabla que ahora tenía. Incluso nos proyectó películas en las que se le veía surfeando en unas olas estupendas. ¡Qué envidia nos daba!
            Su proyecto era atravesar el Atlántico, cruzar al Pacífico por el Canal de Panamá, e irse a recorrer los Mares del Sur, así, tal como suena. ¡Y de qué manera nos sonaba a nosotros!
            Pero los días pasaban y su amigo tardaba en volver, la semana se convirtió en tres meses, y ya nos temíamos que lo había abandonado pero, al fin, creo que un buen día apareció. Aunque yo nunca lo conocí ¿Existiría de verdad? Es una pregunta que me hice muchas veces.
            Un día Rufino –uno de los miembros del grupo de surfistas, que estaba intentando fabricar tablas- me contó que le había preguntado a Darryl cómo se hacían las tablas de surf. Él le hizo un plano del soporte en el que se colocaba la tabla, ese tan típico hoy en día en los talleres, dos horquillas metidas en sendos botes viejos de pintura llenos de cemento. Y le dijo el nombre de una resina de poliéster que nos intrigó mucho, ya que él le concedió gran importancia. Era paraffin resin. Fácilmente dedujimos la traducción, resina parafinada. Pero no entendíamos que significaba realmente. Conocíamos la parafina, la cera que se le daba a las tablas, y también la resina de poliéster, el gel que se aplicaba a las tablas exteriormente y que luego se cristalizaba. Rufino, que conocía muchos de esos productos, sin embargo no identificaba aquella resina “parafinada”.
            Pero al cabo de varios días, y aunque no recuerdo como lo averiguó, Rufino llegó muy contento y nos contó que la resina parafinada era un gel que, tras secar, cristalizaba de tal forma que se podía lijar sin ningún problema, al contrario de la que usábamos, que nunca llegaba a secar totalmente y con la que era casi imposible usar la lija porque se embozaba constantemente. Para Rufino, en sus intentos de fabricación de tablas, fue un avance tecnológico importantísimo.   
            Recuerdo muchas anécdotas de Darryl. Era un vegetariano convencido. Una vez lo invitamos a comer y cuando nos sirvieron ensaladilla rusa preguntó si aquello tenía carne. Yo pensé enseguida en las pequeñas migas de atún que lleva la ensaladilla. Pero le dije que no, que lo que llevaba él lo podía comer. No me dijo nada, pero aún me acuerdo de Darryl sacándole a la ensaladilla los pedacitos de atún, pacientemente, uno a uno.
            Pero un día llegó a la playa y nos dijo que se marchaba. Creo que había cambiado de planes en cuanto a viajar a los Mares del Sur, al menos de momento. Nunca nos contó que era lo que había pasado con su amigo. Pero cuando se marchó, me ofreció venderme su tabla, porque necesitaba dinero. Y yo le regateé, pero al revés, yo le ofrecía más dinero del que él quería aceptar, y no nos poníamos de acuerdo. Aunque al final le hice una buena oferta y nos dimos un abrazo.
            Un personaje muy curioso, aquel sudafricano.


Unos años después, en Doniños, con la tabla de Darryl
Girar, con esta tabla, no era fácil

      Esta foto está tomada precisamente después de comernos la ensaladilla del relato. Darryl fue quizás, aparte de mis padres, una de las primeras personas que conocí que amase y respetase la Naturaleza de la manera que hoy en día tantos de nosotros intentamos hacer. Él fue un precursor. 
      Aquí se perciben esos sentimientos, en este caso hacia un humilde animal. Ahora, al cabo de los años, empiezo a darme cuenta del vínculo entre esta escena de la foto y el episodio del atún en la ensaladilla.  

Fotos del autor.

22 de septiembre de 2013

Curso sobre "Las olas y la costa", por Tony Butt


        Los próximos sábados 28 de septiembre y 5 de octubre, Tony Butt impartirá un nuevo curso del tema en el que es una autoridad de reconocido prestigio a nivel mundial: LAS OLAS Y LA COSTA.
       Tony Butt es doctor en física oceanográfica por la Universidad de Plymouth, además de ser un experto en informática. Y como surfista, es un "Big rider", durante diez años local habitual en Meñakoz y buscador y experimentador de nuevas olas gigantes en nuestra costa, y en Sudáfrica, adonde todos los años se traslada en el verano austral.
        El curso consta de dos niveles, el primero sobre "Conceptos básicos", y el segundo "Avanzado".
        Se celebrará en Ribadeo, en la Casa del Mar, con el patrocinio del Concello de Ribadeo.
        Para más información, contactar con Oscar García Alonso en el tfno 676 761 381, o en la dir. de correo oscargarcia.alonso@gmail.com

Foto "Old and Young Sea"
     Tony Butt es el descubridor de la ola que llamamos "La Machacona", que él bautizó "El Berberecho".
     En 1992 recorrió la costa gallega con otros dos amigos, tratando de encontrar nuevas olas, en una furgoneta destartalada, hablando con los pescadores de la Costa de la Muerte, que no se cansaban de repetirles que si apreciaban sus vidas no se les ocurriera meterse en las olas de esa zona, de lo que, lógicamente, no hicieron ningún caso. 

17 de septiembre de 2013

WIPEOUT EN TENERIFE


            Hace unos años un familiar de Tenerife aficionado al surf me envió un pequeño video, en el que se ve como un surfista tamañero intenta coger sin éxito –relativamente- un enorme tubo, en una ola que rompe cerca de la costa sobre un bajo de roca.   Buscando otro archivo me encontré con este video que ya tenía casi olvidado y volví a visionarlo una vez más. Es muy corto, pero además de la espectacularidad de las imágenes, la banda sonora, con las voces en off de unos amigos (?) del surfista, no tiene desperdicio. Con el clásico gracejo y hablar canario, y con el entusiasmo que les produce el sopapo que se mete su amigo (?), el sonido es tan espectacular como las propias imágenes. No se sabe muy bien a quién se le sube más la adrenalina, si al surfista o al colega que lo está viendo.
            El surfista, que según los datos del video se llama Vilayta – y que tiene mucho mérito en ser capaz de enfrentarse a esta ola- sale bien a la superficie, aunque a unos cien metros más allá, pues la fuerza de la ola parece tremenda. En un primer momento no lo encuentran. La toma de imágenes está hecha desde lo alto del acantilado, con lo que el efecto aterrador de ver la ola por encima de ti no se percibe enteramente, aunque nos imaginemos que verla venir debe ser estremecedor.
            La ola se coge con remolque de moto de agua, pero el mérito del surfer viene en lo que pasa después. Y, por cierto, estuvo nominado por esta ola a los premios XXL de Billabong.
            Y por supuesto también mucho mérito y reconocimiento para el autor del video y que es una garantía de su calidad, el también surfista y magnífico fotógrafo canario Sergio Villalba.


video

8 de septiembre de 2013

NORDKAPP, Cap.2. Inicio del viaje:24 horas conduciendo

                                                 
      Quizá os preguntéis a que viene semejante locura de viaje, ya que para hacer 13.500 km. en solo 21 días hay que tener muy claras las ideas (¿ó muy confusas?).
     El año pasado, en mis vacaciones de verano en Canarias, Quim me propuso realizar un viaje que yo también tenía ganas de hacer: coger el coche e irnos por Europa, hacia el Norte. Inicialmente la idea fue la de pasar a Gran Bretaña y recorrer con calma Escocia, país que me atrae mucho.
     Pero un mes antes de hacer el viaje Quim me propuso un cambio: llegar hasta Suecia, ya que un gran amigo suyo, Carlos, un suizo casado con una ciudadana sueca, solía contarle cosas de este país, y le animó a visitarlo, por lo que a mi cuñado le tiraba más lo de Escandinavia. A mí me pareció bien, pero solo tenía una pega: "Pero Quim, eso ("eso" es Estocolmo) está a 3.500 km. Serán 7.000, quizás 8 ó 9.000 km. entre ida y vuelta".
     Yo no sabía que, al final, haríamos casi 13.500 km...
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    Aquel caluroso atardecer de primeros de Agosto de 1991, cuando entramos en la Autopista Madrid-Burgos-Hendaya, ya sabíamos que todo nuestro viaje hasta el Báltico discurriría por este tipo de carretera. En España, en comparación con diez años atrás, hay ya muchos km. de autopista ó autovía. Pero Europa se puede atravesar totalmente, en muchas direcciones, incluso parte de la Europa del Este, prácticamente sin dejar la autopista.
     El calor tan bochornoso no podía ser sino un presagio de un fuerte cambio de tiempo. Y así fue. En las primeras horas de la noche comenzó una fuerte lluvia que no cesaría hasta la mañana siguiente, entrando ya en París.
     Al volante desde Madrid venía Quim, que parecía traer hambre de conducir. Recuerdo aquella noche, en la atestada autopista  -por el tránsito de vehículos que iban o venían de vacaciones-, como una agotadora prueba para un conductor, con el pavimento mojado y resbaladizo, con fuertes reflejos de luces en el brillante asfalto y  mala visibilidad, en una autopista de márgenes estrechos, con lo que condiciona eso en ese tipo de carreteras a la hora de pisar el acelerador. Pero Quim superó todo esto gracias a su entrenamiento como piloto aficionado.
     En fin, como digo, nuestra llegada a París unas doce horas después de salir de Madrid fue todo un alivio, a pesar de que allí sí que encontramos retenciones.

     En aquella mañana húmeda y calurosa pensaba yo, inmersos en las rondas de la capital de Francia y viendo todo aquel ejército de vehículos, en la cantidad de sustancias nocivas que nuestra civilización lanza a la atmósfera. Si el "no va más" de la civilización occidental se traduce en aquel caos ecológico -por mucho que nos queramos engañar, así es- habría que empezar a replantearse muchas cosas. Y más, teniendo presente que toda Europa es una inmensa red de ciudades y carreteras en las que la densidad de tráfico es similar a la que yo estaba presenciando.
     Todos estos pensamientos adquirirían especial significado días más tarde, rodando por las inmensas soledades de la tundra escandinava.
     Al salir de París hubo que elegir entre dos posibles rutas. O bien ir directamente hacia Alemania, o bien atravesar los Países Bajos acercándonos al Mar del Norte. Decidimos meternos en la ruta del Norte, atravesar Bélgica y pasar por Holanda, ya que éste es un país ciertamente interesante. Su densidad de carreteras de primer orden y autopistas es altísima y, hasta cierto punto, fácil el perderse en esta compleja red de asfalto.

     Atravesamos fugazmente y casi sin enterarnos, la frontera de Francia a Bélgica, lo que después nos sucedería con relativa frecuencia, en especial en el área del antiguo BENELUX (Asociación de tres países, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, creada en 1943 y que comenzó su funcionamiento en 1948, y que fue el germen de la CEE). El único motivo por el que realmente te has de detener en estos pasos fronterizos, es por los cambios de moneda lo que, ya puestos, lo juzgas incluso anacrónico en este momento. Como es inevitable el llevar algo de dinero del país por el que circulas, en dos días tuvimos que cambiar de moneda seis veces, lo que además resulta enormemente caro.

     Holanda, el país de las vacas, los molinos, los canales y las bicicletas, no se reduce lógicamente a estos tópicos. A pesar de su permanente y total horizontalidad (su altura máxima son 320 m. sobre el nivel del mar), su paisaje disfruta de un gusto por la estética que hay que agradecérselo a los holandeses, ya que ellos, como dice la famosa frase "Dios creó el Mundo y Holanda los holandeses", rellenando zonas de marisma y de mar en miles de kilómetros cuadrados, han sido capaces de obtener gran parte de su territorio.
Foto C.Bremón

     Entrados pues en Holanda a primeras horas de la tarde, después de casi 24 horas de conducción ininterrumpida por parte de Quim, éste ya iba realmente agotado, mejor dicho, íbamos los dos agotados, por lo que decidimos parar en algún Camping antes de emprender una nueva noche de viaje, lo que no nos resolvería nada y que podría ser incluso peligroso.

     Así pues, cerca de Utrech, en un precioso camping con piscina -en cuyas tibias aguas hallamos un reconfortante procedimiento para recuperarnos de la paliza viajera- plantamos la tienda, dispuestos a tomar nuestro primer descanso. Nuestra cena fue un poco escueta, más que nada por las dificultades idiomáticas de la dueña del bar para entender nuestro inglés, con gran indignación por parte de Quim que, cansado y hambriento, no estaba para coñas.
                
En una alegre y bonita calle comercial de Utrech. Foto C.Bremón
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4 de septiembre de 2013

Rescate de un corchero...y su corcho.

Las olas eran respetables, y más para pretender surfearlas en esa zona de rocas. El corchero está ahora detrás de esa rompiente
            Revisando un álbum de fotos me encontré con las imágenes que obtuve del rescate de un corchero en Punta del Hidalgo (Tenerife), hace unos años, y que tenía casi olvidadas.
            Habíamos ido a coger olas a un spot poco visitado, que se llama “Dos Hermanas”, un poco más allá de la Punta del Hidalgo, en el Norte de la isla de Tenerife. La Punta es una zona en la que rompen varias magníficas olas aunque, todo hay que decirlo, es desde ya hace muchos años un claro exponente de localismo a ultranza, como defensa contra una más que probable invasión por parte de la abundante colonia surfera del resto de la isla, que ambiciona correr las estupendas olas que aquí rompen.
            Volviendo ya a media tarde de “Dos Hermanas” observamos como un  helicóptero de rescate evolucionaba sobre el extremo de la punta, zona áspera y rocosa que se adentra en el mar, y en la que a veces se surfea si la marejada es suave y sin viento.
            Pero ese día no eran esas las condiciones, a pesar de lo cual dos corcheros, en mi opinión sin demasiada experiencia, se habían adentrado en las agresivas olas que rompían allí.
El rescatador, mientras desciende, divisa al chico,
que se ve en la parte inferior derecha de la fotografía
La Punta del Hidalgo. Foto Teneriffa4e.com
            El problema es que, cuando vieron que la cosa era más fuerte de lo que se esperaban, intentaron volver a entrar por los roquedales, lo que consiguió uno de los dos, pero el otro no se atrevió y no era capaz de volver a tierra, hasta el punto que su compañero pidió auxilio y alguien llamó a emergencias de Canarias, que envió un helicóptero que realizó el rescate con gran espectacularidad. Eso sí, el corchero no soltó su corcho en ningún momento y, como se ve en las fotos, corcho, corchero y rescatador “volaron” juntos hasta tierra.
            Supongo que el pobre chaval debió de pasar primero mucho miedo, pero después también tuvo que experimentar una auténtica vergüenza de verse en la necesidad de movilizar semejantes medios de socorro, por lo que es posible que haya llegado a pensar que hubiera sido mejor que lo dejasen en medio de aquellas furiosas olas, ya que con solo nadar unos escasos quinientos metros hubiese podido salir por las rocas más abrigadas del lateral de la punta. 

Una vez recogido del agua, los tres ascienden hacia la cabina, rescatador, corcho y corchero.

Al fin, pisando tierra firme.
Aunque aparentemente no sufre ningún daño, el chaval está apabullado por la tensión del rescate.
Finalizada la misión, el helicóptero vuelve a despegar rumbo a su base.

Fotos: C. Bremón

1 de septiembre de 2013

Prólogo NORDKAPP y Capítulo 1º

                     

                                     COMO ME CONVENCIERON PARA UNA LOCURA

            En ocasiones soñamos con hacer un viaje a un país exótico, cuya cultura nos llama la atención, cuyas costumbres son muy diferentes a las nuestras, con paisajes que nos resultan sorprendentes…Y a veces nuestro sueño se cumple.
            Hace unos meses mi cuñado Quim me ha estado entusiasmando con un proyecto que quiere realizar, recorrer el Camino de Santiago. Cuando hablábamos de los detalles se me vino a la cabeza otra historia en la que él también me embarcó hace 21 años y que resultó ser uno de los viajes más interesantes que he realizado.
            Acababa de comprar el Mitsubishi que todavía uso (sí, es cierto que ha durado bastante porque, aunque no está como el primer día, lo esencial aún funciona bien) y terminó convenciéndome de que era la ocasión de probar el coche haciendo un viaje por Europa, hacia el norte, quizás Inglaterra y Escocia, o algo así.
            La verdad es que yo debía también tener muchas ganas, en aquel momento, de hacer un viaje como ese, porque no tardó en convencerme.
            La idea era aprovechar nuestras vacaciones, abandonar a la familia tres semanas, e irnos a hacer kilómetros Europa adelante. Quizás tengo que explicar que, en aquel entonces, Quim era un entusiasta de los rallys de coches, siendo un magnífico piloto de competición y un no menos experto copiloto, con experiencia en numerosas carreras. Por eso a mí me inspiraba confianza hacer este viaje con él, independientemente de que me parecía una persona con la que se podía convivir durante muchas horas seguidas, sin que su compañía llegase a ser insoportable, sino todo lo contrario, aspecto nada menor en semejante aventura.
            Como es lógico hicimos un presupuesto de lo que nos podía costar, teniendo en cuenta de que llevaríamos una tienda de campaña, que trataríamos de abastecernos en los supermercados que fuésemos encontrando por el camino, y de que, en ese momento, el gasoil era relativamente barato en muchos de los países que atravesaríamos. Porque estos eran los tres capítulos de gastos más abultados, obviamente.
            Pero cuando ya faltaban pocas semanas para el inicio del viaje, Quim se puso en contacto conmigo y me propuso otro itinerario. Un amigo suyo, Carlos, suizo afincado en Tenerife y casado con una ciudadana sueca le había hablado muy bien de Estocolmo. Entonces, ¿por qué no íbamos hasta allí?
            Lógicamente mi primera impresión fue la de pensar que mi cuñado se estaba pasando un par de pueblos con su propuesta. Pero luego me entusiasmó con su idea, y yo me contesté a mí mismo: ¿por qué no?
            También era inevitable caer en la cuenta de que, contando solo con tres semanas, nos íbamos a pasar gran parte del viaje conduciendo. Pero la idea cada vez que la examinaba me gustaba más. Suecia se me antojaba algo extraordinariamente exótico, ya que las culturas de los pueblos del Norte siempre me han atraído. Y al fin acepté, porque era una oportunidad que no se podía dejar escapar.
            Cuando partimos Quim me pidió que, como yo era aficionado a escribir, intentase llevar un diario de a bordo para que los detalles del viaje no quedaran en el olvido.
            Pero al final, también me entusiasmé con esta tarea y terminé escribiendo algo mucho más ambicioso. Y lo que escribí, que titulé “NORDKAPP” (Cabo Norte en noruego) y que me atrevo a calificarlo como un “libro de viajes”, es lo que poco a poco os voy a ir poniendo en el blog entre otras entradas. Aunque ya os aviso que no tiene nada que ver con un “surfari”. Puede que os guste, tampoco descarto que os aburra, aunque quizás os sirva de acicate para cumplir con uno de los sueños de cualquier surfista que se precie: descubrir nuevos horizontes.
            También voy a poner fotos que fui sacando durante ese viaje, pero que son de mala calidad, por lo que os pido disculpas. Su valor es el testimonial. También hay otras fotos o grabados de los que no soy autor, pero que ayudan a ilustrar el texto.
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Estocolmo
                         
                             NORDKAPP.1º  - LOS PREPARATIVOS PARA UNA LOCURA

            Traté de ajustar mis pertenencias todo lo posible dentro de la parte trasera del coche, sobre todo porque aún faltaban las que Quim, mi cuñado, añadiría dentro de unas horas, cuando yo lo recogiese en Madrid.
            Repasé con la vista lo que llevaba. Ropa de todo tipo, una vieja tienda de camping de tipo canadiense, una pequeña cocina de gas, un colchón inflable (dormir de camping no tiene porqué ser sinónimo de incomodidad), sacos de dormir, alguna manta, algunos artilugios para comer y cierto número de provisiones. Bien, todo listo.
            Mi vecino, hombre mayor, muy casero y para el que ir al centro de la ciudad es ya un pequeño viaje, no pudo reprimir su curiosidad y me preguntó el objeto de aquellos preparativos, aunque facilitándome la respuesta:"Qué, ¿de camping unos días?"."Sí, me voy de camping a Estocolmo, Suecia", le contesté con la misma expresión de trivialidad con la que él me había hecho la pregunta.
            Su cara perdió la trivialidad y pasó a ser una mezcla de asombro e incredulidad, ante mi afirmación. ¿Sería que yo le estaba tomando el pelo? "¿A dónde?". Supongo que Suecia le sonaba de algo, exótico y lejano.
            Lo sabía. Quizás pequé de optimista y le quise entusiasmar por hallarse presenciando los preparativos de semejante viaje. Algo así como si un astronauta, a punto de partir hacia la Luna, le dijese a su vecino, con falso aire de aburrimiento: "Sí, me lanzan hoy en el Apolo XI..."
            Bueno, el caso es que después de concretar un poco más (solo un poco más) vi que mi optimismo inicial  -lo del astronauta- no estaba justificado y no le di más explicaciones.
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            Eran más o menos las doce del mediodía, cuando giré la llave de contacto y, con cierta solemnidad interior, arranqué el coche por el corto y estrecho camino que va hasta la carretera principal de Balón, Ferrol, España.
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            Días atrás había concretado con Quim, que reside en Canarias, el punto de recogida. Él iniciaría el viaje en avión y yo lo recogería a las 8 de la tarde en el aeropuerto de Barajas-Madrid. Y desde allí, pondríamos rumbo al norte, para comenzar un viaje largo en kilómetros y corto en duración. Sólo disponíamos de veinte a veintidós días para realizarlo.
            A todos se nos hace pesado el conducir durante varias horas. Pero en los días anteriores me había conseguido mentalizar de tal modo con respecto a la característica principal del viaje (Habría que hacer más de 10.000 Km. en tres semanas, aunque luego fueron 13.500), que las casi ocho horas de pesado y caluroso viaje hasta Madrid (era primeros de agosto) se me pasaron con bastante rapidez.
            También hay que tener en cuenta el tipo de vehículo que utilizaríamos, un MITSUBISHI "Montero", largo,  del año 90, casi 100 caballos de potencia, de 140 km./hora de velocidad máxima y 110/120 de crucero (o sea, la relación ideal de velocidad/consumo), gasoil turbo intercooler, y con ciertas comodidades, buena suspensión, aire acondicionado, muy buena insonorización, motor muy suave, servo-freno y servo-dirección y unos asientos bastante anatómicos, realmente cómodos. Unas veinte cassettes de música sería otro de nuestros recursos para distraernos, ya que por Europa adelante no íbamos a pillar "Los Cuarenta Principales"...
            Todo lo demás era pura aventura, ya que ni siquiera teníamos claro lo que haríamos una vez en Estocolmo, a donde al menos había que llegar, ya que un amigo de Quim, Carlos, nos esperaba allí.
            Algo que sí fue necesario programar era el trayecto a seguir. Por razones de economía (de tiempo y dinero) buscamos la ruta mejor para subir hasta la península Escandinava.
            Tuvimos muy claro, tras consultar un buen mapa de viajes, que el recorrido debería ser: entrar en Francia por Hendaya, subiendo por la autopista que nos llevaría directamente a París. Después Bélgica, Holanda (aunque quizás no fuese lo más directo, me apetecía pasar por este hermoso país), Norte de Alemania y, desde allí, atravesar a Dinamarca y, por fin, a Suecia.