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11 de diciembre de 2014

NORDKAPP.18 (1ª parte) EL OTRO MUNDO DEL ESTE


            A la mañana siguiente se imponía madrugar. Teníamos una dura jornada, ya que pretendíamos llegar a Helsinborg, pasar a Helsingor (el ferry más corto para llegar a Dinamarca) y rápidamente atravesar esta isla hasta el puerto de Gedser, en donde volveríamos a embarcar rumbo a Rostock (Alemania del Este), con objeto de pasar la noche en algún camping de este país.

Plano de la ruta combinada barco-autopista que seguimos para ir de Suecia a Alemania del Este, ex-República Democrática, vía de comunicación recientemente abierta para conectar Escandinavia con Berlín, vía Rostock, desde la apertura a Occidente de hacía tan solo unos meses.

            Era por lo tanto una etapa llena de posibles incidencias, con el enlace a Europa continental vía Dinamarca incluido en el mismo billete, que previamente habíamos comprado en Helsinborg en donde, por cierto, tuvimos que convencer al individuo de la venta de pasajes de que nuestro coche solo medía de altura 194 centímetros y medio, ya que vimos en las tarifas que los coches de 195 centímetros pagaban ciento treinta dólares más. A la ida nos cobraron por la tarifa elevada, cosa de la que nos dimos cuenta ya demasiado tarde, al ver un folleto de la compañía, por lo que en esta ocasión ya íbamos preparados.
            Efectivamente, en principio el citado funcionario de Helsinborg nos expidió un billete más caro de lo que nos correspondía, por lo que le dijimos, sin más explicaciones, que nuestro coche medía 194,5 cm. e hicimos ademán de enseñarle las especificaciones oficiales del vehículo en donde consta esa altura, pero el hombre ya no intentó discutir, sino que se limitó a cambiarnos el billete por otro, ciento treinta dólares más barato. Menos mal que los nórdicos son bastante pragmáticos.
             Nos colocamos en la fila correspondiente, y mirando a nuestro alrededor calculamos que habría varios cientos de vehículos esperando para embarcar. Por ser época de vacaciones la compañía había previsto que salieran dos ferrys simultáneamente, por lo que al poco tiempo ya estábamos dentro de uno de ellos, comenzando la corta travesía hacia Dinamarca.
             Al mediodía ya rodábamos por la autopista danesa camino de Gedser con algo de prisa, intentando llegar a tiempo de coger el barco de las cinco de la tarde, para entrar en Alemania con tiempo suficiente. Por esa razón, a pesar de ir marcándonos la luz de reserva de combustible, no nos detuvimos a repostar, pensando en hacerlo en el continente. Grave error el de nuestra confianza, y que estuvo a punto de crearnos bastantes complicaciones y retrasos.
             Logrado nuestro propósito de embarcar en el ferry de media tarde, nos dispusimos a descansar las dos horas de travesía hasta Rostock.
             En el barco viajaban numerosos turistas de la ex-Alemania comunista, y uno de nuestros entretenimientos -de Quim y mío- fue el de criticar uno por uno a aquellos pobres alemanes. Nos llamaba la atención su forma de vestir, totalmente trasnochada y excesivamente rudimentaria, aunque a muchos se les veía que acababan de comprarse ropa nueva pero que, por lo general, no armonizaba ni con su aspecto ni con otras prendas que llevaban.
             Pensábamos, al verlos, la ilusión con la que aquella gente se lanzaba a conocer los países que, aún estando tan cerca, nunca pudieron visitar -la mayoría de ellos, por no decir todos, no superaban los cuarenta y tantos años de edad-. Eran las clásicas familias de padres jóvenes con varios niños, que volvían de conocer Escandinavia y de disfrutar siendo testigos de un nivel de vida que desconocían.
             Sin embargo, cuando avistamos las costas alemanas y el puerto de Rostock, muchos de ellos se agolparon sobre la barandilla del puente de proa con la alegría pintada en sus jóvenes rostros y la ilusión de volver a su casa, a su patria al fin y al cabo, después de unas tranquilas y felices vacaciones, como aquel verano habían hecho tantas y tantas familias europeas.
             Nosotros habíamos sido testigos de la vuelta a casa de muchas de estas familias, a lo largo de nuestro rodar por las rutas de Europa en los últimos días, pero al ver a aquellos alemanes sabiendo que, para la mayoría de ellos, eran las primeras vacaciones de verdad de su vida y el especialísimo significado que éstas tenían, realmente nos sentimos un tanto conmovidos y nos emocionó ser testigos de un aspecto humano que, a pesar de su importancia, nunca aparecería escrito en la historia oficial.

(Arriba) Impresionante silueta de un ferry. Esperemos que a estos barcos no les suceda lo que al "Vasa" cuya historia relaté en el capítulo de Estocolmo.
(Abajo) Uno de los tremendos ferrys que conectan Escandinavia con la Europa Occidental. Piénsese que cualquier finlandés, sueco o noruego, que desee pasar por vía terrestre hacia el resto de Europa, lo tiene que hacer a través de comunicación marítima por Dinamarca. Al menos mientras no se pueda ir por Finlandia y las Repúblicas Bálticas. (Nota: actualmente esta comunicación ya es posible, por la independencia de estas repúblicas y por el puente que une Suecia con Dinamarca)
             La comunicación marítima con Rostock, desde Dinamarca, se acababa de inaugurar, según pudimos saber. Lentamente el enorme buque fue entrando en el estuario en cuyas riberas se asientan los muelles de la ciudad y unos grandes astilleros.

Quim trata de divisar el puerto de Rostock (Alemania del Este) desde la barandilla del barco, navegando ya por el Báltico.
             Como de costumbre la maniobra de atraque fue rápida, y en pocos minutos estábamos rodando sobre una vieja carretera de descuidado adoquín, que discurría por entre las viejas instalaciones portuarias siguiendo los rótulos que anunciaban: BERLIN.
             Al poco tiempo y sin entrar en la ciudad, enfilamos la autopista de la antigua -y ahora otra vez de nuevo- capital alemana. Ahí empezamos a percibir que nos encontrábamos ya en la Alemania del Este. La reunificación cumplía en aquellos días (agosto de 1991) unos diez meses de existencia (el 3 de octubre de 1990 se estableció la unificación de las dos alemanias), por lo que prácticamente todo estaba como antes. Incluso se notaba más aun el habitualmente lúgubre aspecto urbano de los pueblos y ciudades, por simple contraste con las nuevas dotaciones públicas o privadas que el gobierno se había apresurado a instalar en la ex-Alemania Oriental, puesto que el gobierno federal alemán había comenzado ya la colosal tarea de convertir aquel oxidado país en una prolongación del moderno y avanzado Estado alemán, y cualquier instalación reciente del mobiliario urbano destacaba enormemente.
            Colosal tarea, digo, y creo que me quedo corto.


            Como primer ejemplo que nos saltaba a la vista, la autopista a Berlín por la que viajábamos. Se reducía a las dos calzadas de doble carril, pavimentadas en cemento con notables irregularidades en el piso, separadas por una estrecha franja de hierba.
            Esta vía perteneció a la red de "autobahn" que, antes de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los treinta, construyó Hitler.
            Pero desde entonces, estas autopistas han permanecido prácticamente sin tocar. De esta forma, el Estado alemán tiene ahora que proceder inevitablemente a su total remodelación y modernización. Primero dotarlas de vallas protectoras, cuatro líneas en total, las dos exteriores y las dos centrales, de separación de calzadas; construir los arcenes, inexistentes; dotar a la vía de toda la señalización vertical y horizontal, que estaba reducida a un mínimo patético, por lo escaso de la información y lo deteriorado de su aspecto. Y, por último, y ahí es nada, asfaltar toda la calzada. En resumen, hacer todo eso en miles de kilómetros de autopistas que poseía este Estado comunista. Y, además, teniendo en cuenta el que en Alemania las autopistas no son de peaje.
            Luego, hacer algo similar en las decenas de miles de kilómetros de carreteras de todo orden, también con enormes deficiencias y en un estado de conservación que me recordaban las carreteras españolas de mi infancia.


           Más tarde, hacer todo eso con toda la infraestructura pública de Alemania del Este.
Después, cerrar las industrias totalmente trasnochadas en las que trabajaban miles y miles de ciudadanos, a los que sin embargo tendrán que mantener, a muchos de por vida...
           ¿Sería muy impropio echar gran parte de la culpa de la actual crisis europea, a la reunificación alemana? (La crisis que afectó a Europa a principios de los años 90 del siglo pasado)

1 comentario:

  1. Hola Carlos,
    La semana pasada precisamente hablaba con un amigo de la escuela de idiomas que me comentaba como le había ido la cosa por Alemania. Después de dos años decidió volverse -un familiar le ofreció aquí un trabajo-, según el la cosa no es como la pintan, vamos, que tampoco es que aten los perros con longanizas. Tal y como describes las autopistas me pregunto que pasara cuando un coche se sale a una velocidad elevada, ¿a donde va a parar?
    Bueno, que tengas una buena entrada de año y ojala este 2015 se porte un poco mejor que este año que se nos va, un saludo!

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