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Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas
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11 de diciembre de 2016

Otra vez aquí.

Hace ocho meses que no publico ninguna entrada en mi blog, “Cazador de mejillones”. Mucho tiempo para alguien que cree que tiene mucho que contar todavía.
Un cierto hastío me impidió, literalmente, seguir comunicando cosas a través del blog
Creo que, como nos pasa a todos de vez en cuando, necesitaba un descanso.
Hace un mes un buen amigo y colega, Jesús, me reprochaba -veladamente- esta ausencia tan prolongada. Y lo hacía en un momento muy importante. Porque fue precisamente en mi despedida de los amigos y de la ciudad en la que sucedió la que considero la segunda etapa de mi vida, entre los 33 y los 69 años. Nada menos.
Fueron años de profesión, muy intensos.
Años de coger olas, olas y más olas, con no menos intensidad.
Años de experiencias inolvidables, de las que dejan una huella profunda.
Años de criar a unos hijos muy queridos y compartirlos con una persona adorable como pocas.
Años de conocer a muchas personas, la mayoría encantadoras, algunas entrañables.
Años en los que aprendí a que para tener amigos y disfrutar de ellos, a veces hay que perdonar, porque no hay nadie perfecto.
Y llorar la marcha inevitable de algunos.
Pues bien, esa etapa se cerró, y ahora comienzo otra. Con nuevos proyectos. Y aunque estoy ya en una edad en la que el cuerpo empieza a decirte que, nuevas experiencias, las justas, sin embargo al cuerpo hay que decirle que nos deje dirigir a nosotros la nave de nuestras vidas, con el rumbo que elijamos.

Os dejo una imagen de un spot poco conocido pero que, algunos días del año, puede dar fantásticas olas. Ese día no hubo suerte, pero verlo de nuevo ya resultó un placer.
Ha sido mi primera visita, ya que puedo verlo en la distancia, desde mi terraza, y con la ayuda de unos prismáticos saber si rompen olas ese día.
Todo un privilegio para un amante de las olas como yo.

4 de julio de 2015

HOY SÍ ME SENTÉ EN EL ORIGINAL


Éste sí es el famoso banco
Por una verdadera casualidad, a los pocos días de publicar “El banco más... romántico”, me coincidió pasar por cerca de los acantilados de Loiba y, lógicamente, tuve la tentación de visitar el famoso “banco mejor del mundo” y los paisajes prodigiosos que desde él se divisan. Tuve suerte y no encontré casi turistas. Y cuando me quedé solo totalmente, quise hacerme una foto, pero de espaldas a la cámara, mirando el paisaje, como es natural.

Es un tramo de costa de increíble belleza.
              El escenario es prodigioso, hay que reconocerlo, pero se suele enfocar la vista hacia cabo Ortegal y los Aguillons, con su puesta de sol, todo lo cual es muy fotogénico, que duda cabe, pero en cambio no se aprecia demasiado, creo yo, el otro paisaje que se ve especialmente a nuestra izquierda, y que parece sacado de una película de “Parque Jurásico”.
              Son los famosos acantilados, que levantan sus paredes sobre playas salvajes a más no poder, hermosísimas y supongo que casi vírgenes. Se diría que, de un momento a otro, vas a divisar un tiranossauro rex u otro animal por el estilo, corriendo por la arena impoluta que, cada día, el océano lava dos veces.

           
                En resumen, al igual que la Playa de As Catedrais, éste es un lugar con un atractivo muy singular y que merece la pena el meterse por unas pistas infames, para llegar a él. Aunque la alternativa a llegar en coche es un paseo de dos kilómetros desde la carretera general, y creo que, sin prisa, es la mejor opción para experimentar las sensaciones que tan sorprendente paisaje este lugar te ofrece.

El  bosque por el que atraviesas para llegar también contribuye a dar esta sensación de paisaje del terciario


31 de mayo de 2015

NORDKAPP. Epílogo


              Conozco mucha gente que pudiendo viajar, no lo hacen. Y no es por falta de dinero, ni de tiempo. Simplemente, no les apetece. Y así lo confiesan. 0 no llegan a reconocerlo, y se inventan las excusas más peregrinas para justificar su falta de apetito viajero. O más sencillo todavía, no les remuerde la conciencia por ello.
              Pero para mí ése es un pecado imperdonable.
              En primer lugar, cuando uno viaja y conoce a sus semejantes, los que habitan en otros lugares, que tienen otras costumbres, otras inquietudes, otros problemas, otras formas de ser y de vivir, se vuelve más tolerante (gran virtud del ser humano) y entiende mejor al prójimo, viva éste a treinta metros o a treinta días de viaje.
              En segundo lugar, si uno viaja con espíritu observador y analista, goza profundamente del viaje. Uno se da cuenta de por qué son como son muchas cosas, y la propia capacidad de asombro y curiosidad se le desarrolla a uno enormemente, todo ello con el consiguiente placer añadido a la excursión.


              Porque si bien es cierto que los paisajes o los monumentos de un país deben ser siempre visita obligada para el viajero, es sumamente importante que éste se mezcle con el indígena, se sumerja en su forma de vida, y experimente esos pequeños detalles que conforman la existencia diaria.
              Entrar en un supermercado y observar como son los productos que, parecidos, uno suele comprar en su país de origen; ver como compra el ama de casa del lugar, mientras sujeta al hijo pequeño de tres años que pugna por escapar de la mano de su madre, preocupada por comparar los precios, tal como nos sucede a nosotros también. Observar las reacciones de esas personas de un país lejano y extraño, cuando les planteas algún problema que te ha surgido y que tratas de que te ayuden a resolverlo. Trabar conversación con el dueño del camping y descubrir que ha estado de vacaciones en España, en donde se lo pasó muy bien y ahora se muestra afable contigo. Incluso enojarse dignamente cuando alguien, al saber que eres español, tuerce el gesto. Respirar el mismo aire, beber la misma agua, alimentarnos como ellos. Y, en definitiva, disfrutar de una de las cualidades más hermosas y productivas del ser humano: una sana e insaciable curiosidad por conocer, por lo distinto, por lo diferente, por lo distante.
             Todo eso forma parte del encanto de viajar, de recorrer esas tierras exóticas de las que tanto habías oído hablar y que te las imaginabas más o menos como son, o a lo mejor, totalmente diferentes de como son en realidad, con lo que vas de sorpresa en sorpresa, de entusiasmo en entusiasmo, de aventura en aventura, de novedad en novedad.
              Una de mis aficiones predilectas cuando viajo, es contemplar las conversaciones de los naturales del país. Nada más lejos de mi intención que comportarme como un maleducado, entre otras cosas porque suelo ser incapaz de entender exactamente lo que están hablando. Pero es que viendo sus gestos, sus expresiones, me voy haciendo una idea de cómo es esa gente que acabo de conocer.
              Volviendo a nuestro viaje, siempre me asombró -latino que soy- la sosegada expresión de los contertulios nórdicos. Se dicen las cosas mirándose a la cara, pero sin demostrar apasionamiento, trátese de lo que se trate. Sus manos permanecen quietas, a diferencia de cómo hablan los españoles y no digamos los italianos. Verlos hablar a esa gente del norte es verdaderamente relajante, te da un sosiego tremendo. Si bien es verdad que parece como si tuvieran el rostro de madera, por lo inexpresivo, al poco de observarlos te das cuenta de que ellos también son expresivos, pero a su manera.


               Esos ojos -frecuentemente claros- parecen penetrar en el alma de su interlocutor y su expresividad se limita a suaves y tranquilos gestos que apenas alteran las líneas de sus rostros.
               Algo que considero fundamental para el viajero es que se integre de vez en cuando, a lo largo de su viaje, con una familia del país visitado. Es difícil con las costumbres de hoy en día lograr eso, pero desde hace tiempo funciona lo que en España se denomina turismo rural, en el que una familia te aloja en su casa (o el bed and breakfast británico). En esos alojamientos, que son habituales en áreas no ciudadanas, puede el viajero conseguir un poco de esa integración en la vida de los nativos del lugar, con lo que además las formas de vida y costumbres son más singulares, más puras, más genuinas. Siempre que uno pueda, debe de realizar esa experiencia.


               Las ciudades son interesantes de visitar por diversas razones que no vamos a citar aquí, por ser de sobra conocidas. Pero en el fondo todas las urbes son muy parecidas. Donde uno nota realmente y en mayor grado las diferencias de un país a otro, es en el ámbito rural.
               Nosotros en nuestro periplo europeo fuimos con los ojos bien abiertos y con la curiosidad a flor de piel. Y os aseguro que íbamos de sorpresa en sorpresa, disfrutando por ello de nuestro viaje una enormidad.
               Tratar de imaginar como será el territorio que aparece en el mapa y que tú te dispones a recorrer, no saber lo que te aguarda detrás de cada curva de la carretera, esperar impaciente a ver cuál es la próxima curiosidad con la que ensayaremos nuestro hábito de sorprendernos por casi todo. Ese es el verdadero espíritu del viajero que aprovecha y goza de verdad con su viaje.
              Y ya el colmo de la satisfacción es poder recordar lo suficiente como para contárselo a tu familia, a tus amigos y a cuantos tengan la paciencia -o tu misma ansia viajera- de escuchar tu relato.
             Obviamente, es con esas personas con las que más me identifico -como viajero- y por eso les doy la más emocionada gratitud por haberme leído hasta aquí.


F I N

10 de mayo de 2015

NORDKAPP.21 Los últimos kilómetros


       Después de un sueño más reparador que en otras ocasiones (nos hacía falta, no cabe la menor duda), dejamos el tranquilo y pequeño camping francés y echamos a rodar nuevamente en dirección sur. Para llegar a casa hay dos itinerarios posibles aunque sospecho que uno es más largo que el otro. El primero es salir de Francia por Perpignan y, pasando por Barcelona, tomar la ruta de Galicia.
           La otra posibilidad es la de seguir la ruta de Poniente por el norte de los Pirineos. La única duda es como estarán las carreteras por cada uno de los dos lados, en especial las francesas, que desconocemos.
           Sin embargo y aún siendo la ruta menos conocida, escogemos ésta última a pesar de no tener referencias de ella y no constar en el mapa que sea totalmente de autopista, aunque luego en la práctica resultará ser al menos de autovía, casi en un 90%.
           Otra de las razones para escoger el camino francés ha sido la de que suponemos que va a hacer mucho menos calor al norte de la cadena montañosa pirenaica. Sin embargo, cuando son las doce de la mañana y paramos a comer algo, el calor roza ya los treinta y tantos grados a la sombra. Por supuesto que nuestro potente acondicionador de aire funciona a la perfección y ello nos permite una conducción más relajada.
          En cuanto nuestra ruta gira de dirección sur a dirección oeste, el sol y el exceso de luz nos molestan bastante. Combatimos uno con el aire acondicionado y el otro con unas buenas gafas de sol.
En el tramo entre Toulouse y Burdeos, con el sol entrando a raudales por el cristal delantero, la conducción es incómoda y agotadora por el esfuerzo de distinguir la carretera a contraluz.
         En algún momento le damos descanso al acondicionador y abrimos las ventanillas. Una oleada de calor penetra por ellas y nos hace cambiar rápidamente de idea. Sabemos que el consumo del combustible es algo mayor, y desearíamos ahorrar gasoil, pero cuando notamos la diferencia pulsamos urgentemente el conmutador azul que produce casi al instante un chorro de aire fresco.
         Es curioso el efecto del aire acondicionado en un coche, cuando viajas por una zona muy calurosa. Te da la impresión de que, al abrir la ventanilla, te seguirá entrando esa bocanada fresca y agradable que sientes, como si estuvieras en primavera o finales del invierno de un día soleado. Y por eso siempre te sorprende el  aire abrasador que te rodea de inmediato.

Foto "viajar.elperiodico.com"
           Por fin el día va declinando, la temperatura se suaviza, y alcanzamos la costa atlántica francesa, que goza de un clima suave.
          Al poco llegamos a la frontera española, en donde un policía aduanero se enrolla con nosotros a propósito de la matrícula del coche, que es de Tenerife. El ha estado trabajando allá y guarda un buen recuerdo de las islas. Nos despide con afabilidad y enseguida estamos en San Sebastián, en donde pretendo sacar dinero para los últimos gastos que nos quedan de este viaje.
         Aprovechando, nos damos un relajante paseo por la playa de Gros, en cuyas olas un montón de surfistas están disfrutando de lo lindo. La tarde es casi fresca y se agradece, después del calor que hemos sufrido.
        Hacemos balance de lo que nos queda y barajamos la posibilidad de continuar sin detenernos hasta llegar a Galicia, en vez de dormir por aquí, tal como habíamos planeado en un principio.
Estamos despejados y con ganas de terminar ya esta paliza kilométrica, y además se produce en nosotros un efecto curioso. Estar ya en Donosti nos da la sensación de estar a un paso de casa, vamos, que se trata de un corto paseo hasta allí, por lo que optamos por seguir. Para lo que queda, lo hacemos y ya está. ¿Qué son setecientos u ochocientos kilómetros para nosotros?. De madrugada ya podremos acostarnos en unas camas de verdad.
       Ya de noche cerrada, en alguna cafetería de carretera de Burgos o León, o por ahí, decidimos parar a tomarnos un bocadillo. Nos plantamos en el mostrador y después de un buen rato de espera nos atiende un camarero. La atención de este profesional resulta ser de lo más lamentable, por lo que después de someternos a sus humillaciones para pedir un par de bocadillos, Quim y yo nos miramos mutuamente y, tras pensar lo mismo, decidimos abandonar la cafetería, los bocadillos y, como no, la mala educación del camarero.
       Sigo reafirmando, después de este incidente, que cuanto más al sur más inaceptable es, en muchos casos -todos no, gracias a Dios-, la atención en este tipo de establecimientos. Soportar esperas desmesuradas y sin motivo, falta de atención, escasas sonrisas o simpatía, son algunos de los inconvenientes que el cansado e indefenso viajero ha de arrostrar en estos sitios.
      Ya en Francia -ayer— sufrimos, con la que parecía ser la propietaria de un bar en donde nos tomamos un refresco, un trato poco gratificante y acogedor. El gesto hosco, ceñudo y que parece estar a un paso del improperio cuando pides algo que se sale mínimamente de lo rutinario, es cosa demasiado habitual en estos establecimientos. Insisto en la diferencia con los nórdicos. En Francia en principio se lo achacamos a ser españoles, pero cuando nos sucede lo mismo en España, tuvimos que elaborar otra teoría al respecto. Pero bueno, quizás es que nosotros estemos un tanto estresados de tanto viaje, y tenemos la sensibilidad a flor de piel.
       La noche transcurre monótona mientras recorremos rutas que cada vez son más familiares, y siendo las cuatro de la mañana estamos ya en la carretera de Rábade a Villalba, a menos de una hora de casa, cuando ¡oh desesperación!, nos topamos con una densa niebla que nos hace reducir la marcha a límites casi de ir a pie.
       Paradójicamente, después de recorrer un área como es la Escandinava, en donde la visibilidad en carretera suele ser un handicap para el conductor, venimos a tropezar a estas alturas con este puré de guisantes que nos frena la tan ansiada llegada a... !casiiitaaaa!.
       Serían -iba muy dormido para saberlo con exactitud- las seis de la mañana cuando aparcamos en el patio de mi casa, en Balón, Ferrol, Galicia. Abro la puerta del coche, y subo tambaleante la escalera de acceso. Solo me he preocupado de coger mi almohada y el neceser de aseo. Quim va tan flotando como yo.
       Aterrizo en ¡mi camiiitaaa! y comienzo un largo y pesado sueño que durará hasta el mediodía...

25 de abril de 2015

NORDKAPP. 20 RUMBO AL SOL PONIENTE.


          Tras nuestra rápida visita a Berlín, a media tarde tomamos la autopista hacia el sur, en dirección Nuremberg, que pasa por Leipzig, ciudad a la que me quiero acercar, aunque solo sea por un par de horas.
          El tráfico es muy intenso, los dos tipos de coches que más se ven son los rapidísimos Mercedes, que nos adelantan como balas, y los lentísimos Travis que vamos adelantando como si estuviesen parados. En las autopistas de este país se circula a gran velocidad, para la que no hay limitación legal en este tipo de vías. La autopista, también perteneciente a la red de la RDA, está sumamente deteriorada, de tal forma que en ciertos tramos nos obliga a circular por debajo de los 90 km. por hora.
         Ya está anocheciendo cuando vemos la desviación a Leipzig. Tomamos la vía y pronto estamos pasando por delante de su aeropuerto. Menuda fijación tenemos nosotros con visitar los aeropuertos. En Berlín, antes de irnos, a Quim le entró el capricho de tomarnos algo en la cafetería del famoso Tempelhof -uno de los dos aeropuertos berlineses-, y allá nos fuimos. Ahora, al ver la indicación del Aeropuerto de Leipzig, nos metemos también hacia allí. Lo cierto es que todos se parecen bastante, pero siempre ves alguna cosa distinta que justifica la visita. Al igual que todas las entidades estatales de la RDA, el aeropuerto está poco modernizado, con una decoración de los sesenta (parece que fue ésta la década gloriosa de la Alemania del Este).
        Al rato seguimos, entrando en la ciudad por una avenida medio a oscuras y con el ambiente callejero típico que ya nos va siendo familiar desde que entramos en la ex-RDA. Llegamos al centro y vemos la Estación del ferrocarril, que nos atrae visitar (Estamos terminando este viaje visitando cosas muy raras).

Estación de Leipzig

           Dentro pasamos un rato muy entretenido, ya que suscita nuestra curiosidad el observar numerosos vestigios del grandiosismo triunfalista del estado comunista. La estación fue construida durante la época de gobierno Nacional-Socialista, y conserva la arquitectura Wagneriana de la época. Se ven multitud de letreros con la simbología y consignas políticas de la RDA que te recuerdan lo que era esto hasta hace once meses, aunque muchos han sido borrados superficialmente, pero no tanto que no los puedas leer todavía. Un local abandonado muestra donde estaba una agencia de viajes estatal, ahora vacía y con todo su interior destrozado.
          Enormes escalinatas y majestuosas puertas adornadas con frisos helénicos han servido para enardecer a un pueblo oprimido por dos sucesivas dictaduras, paradójicamente de signo antagónico, pero no por ello ni menos dictaduras, ni menos opresoras. Por eso no me extraña el escaso entusiasmo que parece haber en conservar y restaurar esta grandiosa estación de ferrocarril.
          Salimos afuera y paseamos un rato por una de las principales avenidas, respirando el ambiente rancio y poco iluminado de estas calles, de sus cafeterías, de sus comercios. Decidimos retomar el camino, ya que queremos estar mañana por la mañana en Suiza y hemos planeado viajar toda la noche, hacia Nuremberg, después rodear Stuttgart y entrar en Suiza cerca Zurich.
         Cenamos en un restaurante de la autopista, en donde sufrimos una vez más el "absentismo " de los alemanes con el inglés, ya que para conseguir un par de huevos fritos con patatas Quim se ve en la necesidad de imitar a una gallina, lo cual atrae innecesariamente la atención de los demás comensales. Mi cuñado es que tiene poco sentido del ridículo, pero yo paso una vergüenza enorme en ese momento. Pero bueno, con el estómago satisfecho las cosas se ven de otra manera y nos sentimos entonados para afrontar una noche de conducción ininterrumpida.
        Quim conduce y lo veo pleno de energía y vitalidad después de los huevos con patatas tan meritoriamente conseguidos, por lo que decido descabezar un reposado y largo sueño. Reclino mi asiento, cojo mi almohada (¿había dicho ya que para este viaje me traje la almohada de mi cama?) y al poco rato siento una suave y deliciosa sensación como de flotar. Y nada más.
        Siento un manotazo (realmente Quim se limita a tocarme en el brazo) y me despierto algo sobresaltado. "Mira el mapa", me dice; "hemos vuelto a pasar otra vez por el mismo sitio. Me parece que me he armado un lío con varias desviaciones y llevo casi media hora dando la vuelta a Stuttgart."
Con el aire de una persona a la que se recurre solo en situaciones difíciles, cojo el mapa y me pongo a la tarea. Primero identificar en dónde estamos, que no resulta fácil. Al final, por un cartel de salida de la autopista, me doy cuenta de que hemos pasado de largo (y ya van dos veces) nuestra desviación al sur, hacia la frontera Suiza, que debe estar a unas tres horas.
        Además, tenemos falta de combustible. Ya amaneciendo, nos detenemos en una estación de servicio, en donde aprovechamos para desayunar.
        Estamos en el centro de Europa y se nota. El tránsito de vehículos es densísimo (¡qué lejos nos encontramos de las vacías, tranquilas y descontaminadas carreteras noruegas!), y de todas las incomodidades que produce, para mí la más notable es la del fragor constante que reina, día y noche, en las áreas cercanas a las autopistas. Imagino que el aire que respiramos tampoco será muy grato a nuestros pulmones pero eso se nota, de momento, mucho menos.
        Las empleadas que atienden la cafetería (bellezas germanas venidas a menos) tampoco son un dechado de amabilidad. También aquí empezamos a echar de menos la tranquila, acogedora cortesía de los camareros escandinavos. Menos mal que a pesar de nuestro cansancio nos tomamos las cosas a risa, y a los gestos insolentes e impacientes de una camarera contestamos nosotros -escudados en el idioma- riéndonos sin rubor de su marchita belleza, agravada por lo temprano de la hora. Quizás seamos un poco crueles, pero a las 7,15 de la mañana, con casi veinticuatro horas seguidas de viaje en el cuerpo, no estamos para matices.
La niebla espesa que flotaba al amanecer ya se ha esfumado cuando salimos de la cafetería, dispuestos a llegar de un tirón hasta Suiza. El sol comienza a brillar y el día promete ser caluroso, como lo será, efectivamente.
         El paisaje se ha transformado. Las inacabables llanuras de pastos y cultivo de cereales, se han transformado en colinas, que al poco son ya montes majestuosos que obligan a la autopista a trazar curvas y discurrir por túneles y puentes constantemente, sorteando valles que recuerdan una postal de navidad, y cumbres rodeadas de oscuros bosques.
         Por fin llegamos a la frontera. Hemos de detenernos para pasar una meticulosa aduana (Suiza, al no ser de la Comunidad Económica Europea, tiene un control estricto de sus límites fronterizos, como nos pasó en Escandinavia). El policía nos pregunta que a dónde vamos. Efectivamente, no debemos de estar de muy buen humor esa mañana (el cansancio del viaje, insisto), porque se me ocurren varias respuestas que, afortunadamente, no llego a materializar. "Holidays" digo, procurando aparecer amable, ya que estoy convencido de que el agente suizo tiene mejores recursos para amargarnos el viaje, que la camarera alemana de la gasolinera.
        Al cabo de un rato de inspeccionar los cuatro datos de nuestros pasaportes, el suizo parece convencerse de que somos inofensivos y nos da luz verde para entrar en su pequeño, agradable e independiente país.
       A menos de una hora está Zurich, en donde nos detenemos para echar un vistazo.


Zurich es una ciudad que se nos antoja pequeña, muy poco agobiante, bastante cara y muy limpia. Aun recuerdo la grata impresión que me causó ver el río que la atraviesa por el mismo centro y que conserva una vistosa vegetación en sus márgenes, alrededor de la cual nadaba una bandada de alegres patos. El agua es cristalina, y en el fondo del río no se ven desperdicios, a pesar de ser una zona totalmente urbana. Ni latas, ni botellas, ni bolsas de plástico. A mí constatar esta perfecta pulcritud me reconforta el ánimo, porque pienso que en mi país puede que llegue un día en el que las personas -y las autoridades- se comporten como en estos sitios. Ya sé que tenemos virtudes que son la envidia de otras nacionalidades, pero con lo fácil que sería el ser celosos de la limpieza de nuestro paisaje... Al fin y al cabo, el carácter es algo mucho más intrínseco con la persona, más difícil de modificar en suma, pero evitar la basura de nuestras calles es cuestión de educación y buenas costumbres, algo mucho más sencillo de adquirir. Bueno, no hay nada perfecto.
        Nuestra estancia es breve, no tenemos muchas ganas de pasear porque estamos derrengados después de la noche de viaje, y porque ya empieza a hacer un fuerte calor que nos acompañará ya a partir de ahora, hasta el  final  del viaje.
        Nuestro paso por Suiza es fugaz, porque apenas nos detenemos. Vamos deleitándonos con el paisaje que podemos ver al paso, pero sin más. La verdad es que son muchos kilómetros ya y la paliza de esta noche ha sido un poco la puntilla.
        A media tarde entramos en Francia después de dejar atrás Ginebra y el  lago Leman.

       Realmente ahora nuestro objetivo  es viajar  lo más rápido posible  para volver  a casa. Los días que tenemos son ya muy escasos, y el ansia viajera está adormecida, supongo que de agotamiento.
Pasamos cerca de un pequeño lago en donde veo gente disfrutando del baño, y se me ocurre la idea de imitarles. Quim está de acuerdo, por lo que aparcamos cerca de la orilla, sobre un precioso prado que hace de playa fluvial.
       Es una laguna muy pequeña, pero parece estar muy limpia. El baño es delicioso y nos entona muchísimo.
       Retomamos la ruta con otro aire. Así, llegamos a un camping en el que nos disponemos a descansar, después de un viaje casi ininterrumpido desde cerca del Mar Báltico, en la Alemania del Este, en donde dormimos por última vez. Un buen trecho el que hemos recorrido.

8 de abril de 2015

NORDKAPP 19 - 4ª parte (FOTOS DEL LIBRO "SUCEDIÓ EN EL MURO")



          Como ya expliqué previamente, fue curioseando en los mercadillos de la recién liberada Puerta de Brandemburgo, en donde encontré este libro ("Sucedió en el muro"), en el que se pueden ver gran cantidad de impactantes fotos relacionadas con el Muro de Berlín, pared de bloques de hormigón y alambradas que durante veintinueve años separó drástica e implacablemente a los alemanes del sector oeste de Berlín de los del este, con las consecuencias lógicas que tuvo especialmente para los berlineses y, sobre todo, para muchas familias, que se vieron cruelmente divididas durante todo este tiempo. Aunque dicho muro, en realidad representaba a otro, mucho más extenso y terrible, al que se denominó "Telón de Acero"
          La fuerza visual de las fotografías se une a los escuetos pero impresionantes relatos de lo acontecido, y que se resume en esas imágenes perfectamente. No es fácil hacerse una idea del empeño que pusieron las autoridades de la República Democrática Alemana, en impedir el libre tránsito de personas de un lado a otro de la frontera, hasta el punto de recurrir a disparar a matar a todo aquel que se atreviese a traspasarla sin contar con una autorización que era extraordinariamente difícil de conseguir.
         Todo comenzó cuando, al finalizar la segunda guerra mundial, se estableció un enfrentamiento soterrado por simples razones de ideología, entre la Unión Soviética ( y todos sus paises satélites) y el mundo occidental, beligerencia incruenta a la que se le dio el nombre de "Guerra Fría", y que estuvo a punto de provocar, en varias ocasiones a lo largo de los casi cincuenta años que duró, una guerra total que hubiera sumido al mundo entero, en el mejor de los casos y por primera vez en la historia, en una nueva era de la noche a la mañana, posiblemente en un cambio de civilización que se parecería muy poco a lo que ahora conocemos, y ello siendo muy optimistas.
         Alemania, al perder la guerra, fue dividida en varios sectores que quedaron bajo el control y administración de las potencias vencedoras. La que le correspondió a la URSS, al poco tiempo se convirtió en la DDR (Deutsche Demokratische Republik), otra república de la mencionada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
         Es curioso el parecido que tiene aquella situación geopolítica de la DDR, con la de la actual Ucrania, país en el que Putin siempre ha pretendido tener un territorio que separase físicamente la Unión Europea y Rusia, y que da origen a la ayuda que, inequívocamente, está prestando a los ucranianos simpatizantes de seguir dentro de la órbita rusa, desde el momento en que surge en este país un importante sector de la población que intenta un acercamiento muy notable a la UE.
        Precisamente fue Mihail Gorbachov (recién nombrado Presidente de la Unión Soviética) el que, en 1989, propició la desaparición de la DDR, como un primer paso hacia el desmantelamiento de la URSS.
       Y ahora diríase que Putin trata de invertir el camino tomado hace veinticinco años por Gorbachov.


El 15 de junio de 1961, ante el comienzo de unos trabajos para la edificación de un muro en la línea divisoria berlinesa, aseguraba el entonces Presidente del Consejo de Estado de la DDR (República Democrática Alemana), Walter Ulbricht: "Nadie tiene la intención de construir un muro, Los obreros de nuestra capital (Berlín) se ocupan principalmente de edificar viviendas, empleando todas sus fuerzas en ello"
Tiempo después, los berlineses occidentales colocarían un cartel frente al Muro que se había comenzado a construir, con estas mismas palabras de Ulbricht.




Pocas semanas después, el 13 de agosto, seis compañías militares muestran, delante de la Puerta de Brandemburgo, el "cerrado frente de defensa", con lo que se interrumpe el libre tránsito de personas de una Alemania a la otra. Un grupo de alemanes enarbola una pancarta que dice: "Alemania sigue siendo Alemania". Se producen momentos de gran tensión. Pero la construcción del Muro ya ha comenzado.






El Muro de Berlín es ya una triste realidad. El objetivo de impedir el paso de personas a través de una línea divisoria tan compleja como la que atraviesa el Berlín de norte a sur es, sin  embargo, tarea muy complicada. Se han de tapiar todas las ventanas y puertas de los edificios que están sobre la "raya", a pesar de lo cual muchos escapan saltando sobre lonas de los bomberos del Berlín Oeste. Para evitarlo, las autoridades orientales obligan a desalojar estos edificios.






Pocos días después del 13 de agosto, a mediados de septiembre, su longitud alcanza ya tres kilómetros. Aun sigue habiendo solo alambradas en gran parte de la línea divisoria, y por ella tratan de pasar muchas personas que ya temen lo peor. E incluso algún centinela no duda en ayudarlos, como éste que separa los alambres de espinos para que pase un niño, pero que es sorprendido por un oficial, momento que recoge esta curiosa fotografía. El centinela es relevado y nunca se supo más de él.

La teórica línea fronteriza atraviesa esta casa por enmedio, y el muro se ha construido tal cual. Al poco tiempo, se derribó la parte que correspondía a la zona oriental.


        Foto de la izquierda: Varios jefes de estado visitan el Muro. Primero es Nikita Khrushchov, el 17 de enero de 1963.
      Esta es una foto en la que se ve algún detalle curioso. En ese momento el Presidente de la DDR es Walter Ulbritch. Pues bien, extrañamente se le ve muy alejado del lider soviético (está fuera del grupo, detrás, en la esquina superior izquierda, señalado con una flecha negra), y con una expresión de cierto enfado ante el protagonismo que asume Khruschov. Por cierto, detrás de éste (a la izda.) se ve al que sería diez años más tarde elegido Presidente de la República, Erik Honecker, que ostentaría el cargo hasta la desaparición de la DDR)




Dos años después, una instantánea de la visita del Premier soviético Alexei Kossygin








Meses más tarde (y poco antes de su muerte) Jonh Kennedy intenta, desde la Puerta de Brandemburgo, dirigir un discurso no solo a los berlineses del Oeste, sino a los del Este que quieran oirle, lo que de todas formas es impedido por la policía comunista, que coloca colgaduras rojas tapando la enorme abertura entre las columnas del monumento. Tan solo un grupo de periodistas puede presenciar el acto, desde el otro lado del muro.







El famosísmo paso fronterizo "Checkpoint Charlie", immortalizado en numerosas películas y novelas. Fue el punto de encuentro de dos imperios, en los peores momentos de la "Guerra Fría"  
En primer término, un soldado americano observa con prismáticos a sus "colegas" comunistas de enfrente.
Algo que, por cierto, nos recuerda a la situación actual de la frontera entre las dos Coreas.



           Durante los 29 años y dos meses que existió el “Muro de Berlín” fueron múltiples las anécdotas que sucedieron por causa de los miles de intentos de escapar de los berlineses del Este. Muchas terminaron felizmente; muchas otras, trágicamente. Entre ambas posibilidades, además, no hubo términos medios.
           Se utilizaron todas las vías posibles, por tierra, o por debajo de ella, escondidos en toda clase de vehículos, también bajo el agua, e incluso por vía aérea.
           Bajo tierra con el inevitable túnel, de los que el mayor fue de 145 metros y doce bajo la superficie, y que proporcionó la mayor huida en masa.
           Por superficie, camuflados en todo tipo de artefactos, a veces en huecos inverosímiles.
O con mucho ingenio, como el de un joven austríaco que encontró en una casa de alquiler de coches del Berlín Occidental uno que era tan bajo que podía pasar por debajo de las barreras de la policía oriental. De esta forma, logró pasar a su novia y a la madre de ésta.
           Por aire, como el joven de la foto que construyó un avión ultraligero y logró volar el 4 de agosto de 1984 desde Checoslovaquia hasta Austria (más de cien kilómetros). Excepto el motor que era el de un "Travis" (popular automóvil de la RDA), el tanque y las ruedas, el resto de las piezas fueron fabricadas por él mismo.
           También en un gigantesco globo de aire caliente, el más grande de Europa en aquella época (28 m. de altura), se fugaron dos familias. Fueron sorprendidos y enfocados por los "Vopos" en pleno vuelo, por lo que debieron elevarse a 2.600 m.
           Un improvisado e ingenioso "funicular" fue el sistema con el que escapó, asimismo, otra familia, desde un edificio oficial colindante con el muro.
           Con un motor auxiliar de bicicleta construyó otro fugitivo un mini submarino con el que, bajo la superficie del Báltico, recorrió 25 kilómetros hasta Dinamarca. Una firma de Alemania Occidental contrató de inmediato al constructor para desarrollar un modelo en serie.

Este autobús intento atravesar por ese hueco, inútilmente, como se puede ver. 




























Otra ingeniosa vía de escape: un improvisado funicular












Este intento de huida acabó trágicamente, tal como se ve en las fotografías.




        Otras fugas, por el contrario, fueron trágicamente abortadas por la policía comunista. En esta secuencia de tres fotos vemos el desarrollo de la huida de un joven de 18 años, que fue tiroteado por los "vopos" al franquear el muro, al pié del cual permaneció desangrándose durante cincuenta minutos. Policías occidentales intentaron socorrerle lanzándole un botiquín de urgencias, pero el joven estaba demasiado débil para moverse. Al fin, es recogido ya moribundo por los policías del este.


         Dentro de lo dramático, también sucedieron cosas a las que se les podría ver su aspecto simpático, para valorar los hechos.
         El muchacho de la bicicleta vivía en el enclave Eiskeller, perteneciente al sector inglés pero dentro del Berlín Oriental. Para pasar a la zona occidental de la ciudad los habitantes del enclave tenían que hacerlo por una estrecha calle, por lo que a este chico un día los "vopos" le bloquearon el paso. Los británicos decidieron hacer valer su derecho de paso escoltándole con un carro blindado, cada día, en su recorrido al colegio.


          Transcurre el mes de noviembre de 1989. En la Alemania del Este corren nuevos vientos, que parecen renovar y purificar la atmósfera política del aparato comunista. Poco tiempo antes ha estado de visita oficial en la RDA el entonces lider soviético, Mihail Gorvachov...
          Los berlineses del Oeste presienten que algo importante, mucho tiempo soñado pero poco esperado, pudiera suceder. Los más temerarios se encaraman al muro, y no pasa nada. El resto, anhelante, les sigue.
          Es difícil de valorar si las cosas han ido muy despacio o muy deprisa, aunque mirándolo con la perspectiva histórica que le corresponde, quizás toda la transformación política haya discurrido demasiado rápido, en un instante fugaz, máxime si lo analizamos ahora, unos años más tarde.
          Los alemanes han podido, de nuevo, reunirse con los otros alemanes y abrazarse con enorme júbilo. Éste es, como correspondía, el primer paso hacia la unificación de Alemania tanto tiempo deseada. La espera y los sufrimientos soportados han sido -quizás- algo así como la penitencia por un pecado cometido hace más de cincuenta años, en una época oscura...
(Nota: este texto está escrito en 1992)



19 de marzo de 2015

NORDKAPP. 19 (3ª parte) EL MURO DE BERLÍN, HISTORIA Y CAÍDA

Dos mundos, tan cercanos pero tan alejados hasta ese momento, se reencuentran.
Nos dedicamos más tarde a ver algunos de los sitios en donde estuvo (o aún permanece en pie) el muro divisorio que atravesaba la ciudad como una navaja.
El objetivo del gobierno comunista, que era impedir que se les vaciase la Alemania Democrática (ellos decían que era para evitar que entrasen los del Oeste) hizo que, de una simple pared de bloques prefabricados, se pasase a la sofisticación con la que en los últimos tiempos se había dotado a esta línea fronteriza.
Entre lo que se les iba ocurriendo para complicar cada vez más la posibilidad de paso, además de la vigilancia de los "Vopos" (policía fronteriza), aprendían de sus propios fallos debidos a personas que conseguían atravesar. Este muro de hormigón se convirtió en algo realmente eficaz, hasta que la simple fuerza de gravedad de la voluntad popular, ayudada por supuesto por los acontecimientos en la URSS, consiguieron derrumbar simbólicamente tanto aquella terrible muralla, como el tenaz control del poder político comunista.
En uno de los puestos de venta que había en la Puerta de Brandenburgo compré un libro, recopilación de los más notables incidentes acaecidos en el Muro de Berlín, con abundante material gráfico. En él, en sus últimas páginas, se puede ver una foto tomada el 10 de noviembre del 89 en la que una multitud de cientos de personas, de alemanes del Oeste, están encaramados a la muralla dedicados a la simple contemplación de lo que hay al otro lado. En éste, apenas a cinco metros de distancia, otra multitud, esta vez de los temidos policías fronterizos de la RDA, ahora sin sus armas, contempla a su vez la aglomeración que se muestra por encima de sus cabezas. Se adivina que, en muchos casos, están intercambiando palabras con sus compatriotas del oeste, posiblemente amistosas, ya que -imagino- en el fondo ellos igualmente deben estar hasta las narices de la separación que sufren desde hace veintiocho años. Seguramente, el entrever la posibilidad de que sucediera de una forma pacífica todo lo que pasó después, es algo que esos policías también desean en el interior de sus almas de seres humanos que son, al fin y al cabo. Porque muchos de sus compañeros han perdido la vida por flaquear en sus convicciones comunistas, en algún momento de todos estos años de vigilancia del muro.
En este libro se pueden leer cosas realmente curiosas. Muchas de ellas de un cariz trágico, como muchas huidas, que terminaron con la muerte de sus protagonistas, a disparos de los "vopos". Otras fotografías muestran las inverosímiles medidas adoptadas por las autoridades comunistas, como llegar a construir un trozo de muro que atravesaba por en medio de una vivienda unifamiliar, cuya parte oriental hubo que derribar al poco tiempo. ¡Ahí es nada, que una pared de tu casa sirva de "telón de acero"! En otra foto se ve a un Ministro Federal, de visita en el famoso paso fronterizo de Checkpoint Charlie, que le espeta a un centinela del este: "No me mire de esa manera, que todos somos alemanes".
En otra página se ve el coche que se compró un alemán para entrar en Alemania del Este y escapar al Oeste con su novia y la madre de ésta, ya que comprobó que el vehículo era tan bajo que podía pasar por debajo de la barrera fronteriza, lo que llegó a conseguir originando que, de inmediato, los comunistas colocaran listones metálicos verticales en todas las barreras.
Cuando se produjeron numerosas fugas de personas camufladas en automóviles, los policías fronterizos empezaron a registrar con varillas y espejos todos los ángulos y huecos posibles en los vehículos que atravesaban la raya fronteriza. Pero un vehículo quedaba frecuentemente descartado de esta revisión: el Isetta, el famoso "huevo", de tres ruedas, en el que se consideraba, no sin fundamento, que era imposible que nadie pudiera esconderse. Pero el ansia de esta gente por escapar era muy fuerte. Hasta nueve personas lograron su objetivo en sucesivos intentos, camuflados en donde llevaba este minúsculo coche la calefacción y la batería. Solo en el décimo intento, un policía observó que el Isetta cabeceaba ligeramente mientras se revisaba la documentación del conductor. Ahí se acabó este sistema de huida.
Globos, alas delta motorizadas de fabricación casera secretísima, ingenios submarinos, todo fue utilizado por estos alemanes que consideraban que "Alemania todavía es Alemania", como rezaba una pancarta desplegada por una multitud concentrada en los primeros días del establecimiento de la raya divisoria, en 1961.
Numerosos incidentes, muchos de ellos muy curiosos, enriquecen el anecdotario de la historia del Muro de Berlín. Uno de los más notables es el de un chiquillo de doce años que residía con su familia en un enclave aislado del Berlín Occidental, en la zona comunista. El chico, sin embargo, acudía a una escuela enclavada en el Oeste, hasta que una mañana los "vopos", sin previo aviso, le cortaron el paso.
Por este motivo las autoridades militares inglesas, a las que correspondía el control de esa demarcación fronteriza, deciden a partir de ese momento escoltar al muchacho cada día en su camino de ida y vuelta al colegio. Y así se puede ver una foto del pequeño berlinés, pedaleando tranquilamente encima de su bicicleta, seguido a diez metros por una tanqueta del ejército británico con cinco soldados a bordo, armados hasta los dientes.
Ojeando este libro y pateando por las zonas por donde acaba de ser derribado el muro, entretenemos el escaso tiempo que nos queda para ver todo ésto. De vez en cuando nos paramos a leer los epitafios que, al pie de una sencilla cruz de madera o metal, recuerdan que allí cayó alguien asesinado por querer hacer valer su derecho a ser libre.
Entramos a realizar una corta visita al Reichstag, el antiguo Parlamento Alemán, que acaba de ser recuperado como sede del mismo, inactivo desde que un incendio premeditado lo destruyó el 27 de febrero de 1933, achacado entonces a los comunistas y que fue el detonante que necesitó el canciller Hitler para imponer medidas extraordinarias que degeneraron en la dictadura Nazi.
Todavía se puede ver su fachada y las enormes columnas que la sostienen, ligeramente manchadas de negro de humo. No sé si ahora el Gobierno alemán decidirá limpiar la piedra ennegrecida, o si la dejará así para que las generaciones futuras sigan viendo esa histórica mancha, y recuerden lo acontecido -si fuese necesario-, en aquellos tristes días para la Democracia alemana.

Viendo esta imagen es inevitable sentir una justificada desesperanza hacia la raza humana. Porque, a lo largo de la historia, el hombre ha levantado (y sigue levantando) muros para separar o aislar a otros hombres. Pero, afortunadamente, también es verdad que estos muros nunca han sido definitivos.


NOTA: Tanto las imágenes como el texto están extraídos del libro "SUCEDIÓ EN EL MURO", cuyo texto es original de Rainer Hildebrandt, y el editor es VERLAG HAUS AM CHECKPOINT CHARLIE BERLIN.

11 de febrero de 2015

NORDKAPP.19. Por fin, Berlín

   
    Cuando retomamos la autopista hacia Berlín, encontramos numerosos tramos en reparación del pavimento, colocación de vallas metálicas, señalización, etc.
          También, a medida que nos acercamos a la que será la nueva capital de la Alemania reunificada, el tráfico se hace más denso, mezclándose el de la ex-RDA con el que viene del Oeste.
          Vemos (¡al fin!) estaciones de servicio y áreas para descanso del viajero, aunque no muy bien dotadas. De vez en cuando observamos unas altas torres de vigilancia, suponemos que de carácter militar o policial, que ahora están vacías.
          Berlín ya está cerca, y pasamos por la antigua aduana oriental; es impresionante por su extensión y capacidad. Numerosos andenes para inspección simultánea de gran número de vehículos, instalaciones policiales, etc.; es fantástico ver tal despliegue, y verlo tal como está ahora, todo totalmente desmantelado y abandonado.
          Al poco llegamos a la aduana occidental, que contrasta por su pequeñez con la que acabamos de cruzar. Se ven trozos de muro altísimo y bien alambrado aún, que aislaba a partir de aquí el trazado de la autopista de acceso al Berlín Oeste, por atravesar la zona oriental .
          Entramos por fin en esta interesantísima ciudad, que por la premura del tiempo no podremos visitar. Solamente nos hemos fijado una importante cita: la puerta de Brandenburgo.
          Seguimos los perfectamente visibles indicadores de las calles, con nuestro mapa en la mano. Como ya es habitual en estos casos, yo "mapeo" y Quim conduce.

Intentando encontrar aparcamiento. No hace muchos meses, este lugar, estaba absolutamente desierto, nadie se atrevía a acercarse, ya que el muro pasaba justo por delante del monumento.
         Al fin, al fondo de una inmensa avenida, allí está: majestuosa, solemne y tremendamente histórica, con la cuadriga romana coronándola. Miles de personas pasean por sus inmediaciones, contrastando con la imagen que teníamos de ella hasta ahora, en la que se la podía ver desierta y rodeada por un sector del muro.
         Caminamos hacia el imponente monumento, después de conseguir un aparcamiento para el "Mitsu", desde lo que era el sector Oeste. En ambos laterales de la avenida hay multitud de puestos de venta ambulante. Nos acercamos a curiosear para ver de qué mercancías se trata, y nos llevamos una gran sorpresa.
         En ellos se exponen toda clase de efectos militares de los ejércitos ruso y alemán oriental. Desde uniformes varios a simples insignias de los diferentes cuerpos o armas, botas, cinturones, cascos, gorras...

Un cinto del uniforme militar de los soldados de la RDA, expuesto en el mercadillo para quien se quisiera llevar un recuerdo.
         Sabemos que el ejército de la extinta Alemania Democrática ha desaparecido, pero siento una mezcla de vergüenza ajena y una deprimente sensación, al ver como aquellos vendedores -en su mayoría turcos o marroquíes- frivolizan casi hasta la burla más descarnada todo lo que simbolizaba el tan temido poderío de estos ejércitos, que tanto respeto infundían e infunden en el resto del mundo. Un hecho que sería considerado un delito gravísimo meses atrás, se producía allí tranquilamente, sin más, como queriendo simbolizar la venganza por todo el mal que hicieron los que portaban aquellos símbolos y vestían aquellos uniformes.
         Sospecho que en mí influyen atavismos como el respeto a las instituciones, sean las que sean, y por eso me escandaliza un poco lo que veo allí.
         Pero el odio que se palpa en el transfondo de aquel mercadillo tiene unos orígenes bien fundamentados, de eso no me cabe la menor duda.
         Lo que es innegable es el oportunismo comercial de aquellos vendedores, al pensar que este lugar sería un destino preferente de los turistas que visitan Berlín en estos tiempos.
         Pasamos por encima de la ubicación exacta del muro -recién desaparecido-, en la explanada sobre la que se asienta la Puerta de Brandenburgo, y podemos ver aún las huellas recientes en el suelo del sitio en el que se levantó aquel otro monumento, aunque éste destinado a encrespar los odios, el dolor, la separación de seres queridos, la ausencia de libertad...

Hasta entonces, nunca había visto un monje budista como la del centro de la foto. Mientras, Quim, observa curioso.
Si nos fijamos en el pavimento, se ve perfectamente la ubicación del muro, ahora derribado. El suelo oscuro en donde estamos es nuevo y pertenecía a la zona del Berlín Oeste. El más claro del fondo nos indica la que era la zona oriental.
         Sobre esa explanada, observo un hecho curioso, que me llama la atención y que contemplo durante un rato. Son varios hombres y mujeres, alemanes, que vestidos a la usanza budista se manifiestan silenciosamente denunciando otra opresión, la ocupación del Tibet por los chinos. Es obvio que no podían haber escogido un lugar más adecuado para sus protestas.
         Caminan tres o cuatro de ellos en círculo alrededor de una mesita plegable, en la que hay folletos explicando sus reivindicaciones, mientras otro miembro permanece dentro de una furgoneta con la puerta trasera abierta, en actitud de meditación,  sentado sobre sus rodillas.
         Me choca en especial el cabello rubio y el aspecto típicamente alemán de las dos mujeres que visten los atuendos orientales. Meses después las volvería a ver en un reportaje de televisión, haciendo la misma denuncia, exactamente en el mismo lugar que ahora.
         Pasamos por debajo del enorme monumento y recuerdo que me llaman la atención unas dependencias anexas, vacías, pero atestadas de desperdicios y basura. Todo aquí respira aún un aire de abandono o de provisionalidad.

¡Qué placer, una buena salchicha y una magnífica cerveza dorada y fresquita!

         Al otro lado, más puestos de venta y chiringuitos, en los que se nos ocurre -son las doce del mediodía- tomarnos unas tremendas salchichas con cerveza.
Compramos algunas cosas. Quim se hace con un casco de conductor de tanques, con un apéndice que consiste en un cable con un enchufe, que imagino que sirve para conectar a un sistema de audio, ya que el casco lleva auriculares. Quim dice que es estupendo para andar en moto. No sé que hará con el apéndice en forma de coleta, quizás lo termine llevando suelto, al viento, como un atributo más, sin un fin determinado.
        Volvemos sobre nuestros pasos y llegamos a lo que parece ser un monumento al soldado soviético en la Segunda Guerra. Una enorme estatua en bronce, que representa a un soldado de infantería, corona un bloque de granito de quince metros de altura. El área que ocupa está vallada provisionalmente y vigilada por policías alemanes.

Monumento al Soldado Soviético. Veánse las medidas de seguridad
que tratan e evitar que algún coche bomba lo destruya, aparte de la
intensa vigilancia policial que observamos. Y es que, en aquellos
días el ejército soviético aun no era muy bien visto en Alemania. 

         Me causa confusión el ver que, en el bloque de granito, está escrita una leyenda en ruso y debajo la indicación de ese triste periodo histórico, 1941-1945. La confusión es porque estamos en lo que antes era zona occidental.
         A un lado del monumento, también sobre un bloque granítico, de unos dos metros de altura, hay un carro de combate. A Quim se le ocurre una idea que me alarma. "¿Y si me hago una foto subido al tanque, con el casco puesto, se enfadarán esos polis?". Le contesto que me temo que sí. Aunque quizás, si se lo pide civilizadamente... Quim se acerca a los que habíamos visto antes y se lo consulta. Son dos chicarrones con forma y volumen de armario, con las manos a la espalda y que miran a Quim desde sus casi dos metros de altura. Pasan unos minutos mientras mi cuñado, de manera trabajosa pero diplomática, les explica lo sencillo e inofensivo de sus pretensiones. Pero pronto veo que niegan con la cabeza, imagino que no está el horno para bollos. Quim vuelve decepcionado. Sin embargo, y dado que el armatoste de acero está algo apartado de dónde están los policías, se le ocurre que por lo menos podría hacerse una foto al lado del monumento. Lo malo es que tiene que atravesar la valla y entrar en la zona que protegen muy celosamente los gigantescos uniformados.

Quim, mientras se abrocha el casco de tanquista -con enchufe incorporado, con el cable colgando sobre la camisa- que acaba de comprar, mira de reojo a los policías gigantescos que se están acercando a toda velocidad. ¡Menudo peligro tiene este hombre!
        Yo, disimulando, me preparo para hacerle la foto, aunque se me olvida preguntarle, antes de que salte la valla, qué es lo que le voy a contar a su madre (mi suegra) si tengo que volver solo a España.
Quim se coloca rápidamente el aparatoso casco y se arrima al tanque, haciendo ademán de subir a él. Yo tengo tiempo de enfocar y disparar, justo antes de ver como los policías salen como motos en dirección a Quim.
        Éste, al ver como reaccionan sus nuevos amigos, decide que con una foto ya está bien y se sale otra vez a la zona pública, lo que parece detener el ritmo que traían aquellos dos, que se detienen, miran con aire de indignación, y terminan por darse la vuelta. Y yo respiro muy hondo...

Este río era parte de la frontera, en el suelo se puede ver una mancha blanca de cemento que tapó la estructura que impedía atravesar el puente en cualquiera de las dos direcciones. Y a pesar de que puede parecer sencillo cruzar el río a nado, era literalmente imposible, ya que estaba sembrado de artefactos, tanto en superficie como debajo del agua, que no se podían traspasar. Separar la ciudad en dos absolutamente diferentes fue una tarea titánica pero tremendamente eficaz, a la que se dedicaron enormes recursos por parte de las autoridades de la República Democrática Alemana (RDA), 

24 de enero de 2015

NORDKAPP. 19. LA TRASTIENDA DE UN PARAISO



          Hemos pasado la noche en un camping socialista, que se parece a todos los demás. Sus instalaciones son viejas, pero están decentemente conservadas, y he conocido campings peores. Sus administradores son una familia que pasa las veladas nocturnas en alegre tertulia en el porche de su vivienda, cantando, hablando, tocando una guitarra...
          Está situado a la orilla de un hermoso lago en el que se pueden practicar varios deportes acuáticos.
          Pero lo realmente curioso es el nombre que, en un día no muy lejano de glorioso socialismo y en solidaridad con las naciones oprimidas por el capitalismo colonialista, se les ocurrió ponerle a estas instalaciones:  "Camping Camerún".
          El día anterior, llegando al camping, hemos visto el edificio de un gran hotel muy cerca de aquí. Se nos ocurre que sería una saludable idea irnos hasta él para intentar regalarnos con un buen desayuno de cafetería, lo que en aquel momento se nos antoja sublime, y así lo hacemos.
Por lo que hemos podido percibir, en una visita nocturna a esta pequeña ciudad, Waren es un centro industrial de primer orden; hemos visto numerosos edificios de viviendas típicos de los barrios de obreros, e instalaciones fabriles en la periferia.
El "Querido Lider" de la RDA, Eric Honnecker
                   Ahora, por la mañana, nos percatamos de que éste era -y sigue siendo- también un centro de vacaciones para los obreros de este país (supongo que los más destacados, a los que se les premiaba con una estancia "privilegiada"). El hermoso lago y su entorno hicieron que el gobierno comunista construyese en los años sesenta este hotel en el que ahora estamos, para reunir aquí a la élite de los trabajadores de la R.D.A.
                   Reina en él un cierto aire de decadencia. Si cualquier Hotel que no haya sido remozado desde hace treinta años ofrece ese cierto aspecto trasnochado, en éste, en donde se ven por todas partes los signos -que no han podido todavía ser borrados u ocultados- de su pasado esplendor socialista en símbolos, consignas, banderas, gloria a la revolución, etc., esa decadencia se hace mucho más patente.
                   Los grandes comedores son atendidos por jóvenes camareras, con sus uniformes blanco y negro impecables, hembras rubias, teutonas hijas de la madre patria. En el fondo el Estado de la RDA seguía cultivando aspectos de aquello que tanto combatieron, las maneras, gustos y devociones de los nazis, en lo referente a la raza, a la patria, al estilo y gusto un tanto clásico.
                   Nos sentamos en una de las pocas mesas libres de la enorme sala, llena en aquel momento de la mañana de recién despertados funcionarios en vacaciones, con sus rubicundas familias, y se nos acerca una camarera que muy respetuosamente nos pregunta que deseamos. "Desayunar", es nuestra lacónica y poco comprometida respuesta.
                   Nos sirven un variado desayuno continental y, al terminar, nos preguntan algo que ya estaba yo temiendo: el número de habitación. "De aquí a un calabozo", pienso, a esta gente no la saques de su rutina. Si no estamos alojados aquí dentro, van a creer que intentamos gorronearles el desayuno.
                   Le encomiendo a Quim la tarea de explicarles el asunto. Efectivamente, cuando le decimos a la camarera que no tenemos habitación, su gesto de sorpresa y de confusión no me hacen presagiar nada bueno.
Afortunadamente, la Jefa -a la que llama de inmediato la camarera, que parece estar aun más avergonzada que nosotros-, entiende con esmerada profesionalidad, algo que resulta evidente: aunque no estamos alojados, ello no quiere decir que no queramos pagar nuestro desayuno.
Muy amablemente, con una sonrisa que me devuelve a una plácida digestión de las tostadas con mantequilla, nos extiende una nota para que le paguemos el importe, muy razonable por cierto. Mutuas sonrisas cierran la liquidación de nuestra deuda con el, todavía en cierto modo vigente, aparato del Estado.

Eric Honnecker y Gorbachov a su lado. Pero ya se mascaba la tragedia....para la RDA
Con el depósito repleto de combustible, repuestos de nuestro susto de la víspera, y deseando visitar Berlín, cogemos la misma carretera por la que ayer vinimos sufriendo y volvemos a tomar rumbo oeste, para encontrarnos con la autopista que comunica la capital alemana con el mar Báltico.
          Antes pasamos por un pueblo, en el que nos detenemos un rato para palpar el ambiente que aún se vive en pleno corazón de la Ex-República Democrática Alemana.
           Porque es evidente que un país no se transforma de la noche a la mañana. Y más si el principal condicionante es la economía. Se sabe que los alemanes orientales disponían de dinero ahorrado, ya que les era difícil gastárselo por la falta de artículos de consumo que comprar.
           Por eso, desde el momento en que pudieron trasladarse al Oeste, o mejor, si el Oeste se está trasladando a aquí, con toda su parafernalia de consumismo, no es extraño que comenzaran a comprar todo lo que hasta ahora no podían conseguir.
           Y por ello el primer e inmediato negocio que se implantó fue la venta del artículo más paradigmático del capitalismo: el coche. Pero no un automóvil como el que ellos mismos se fabricaban y consumían, el Watburg o el simbólico Travant, un auténtico cacharro, lento, pequeño, mal equipado, ruidoso y cuyo motor de dos tiempos exhala un abundante humo. No, ellos estaban ya hartos de ese vehículo, que hoy, casi un año después de la reunificación, todavía es mayoritario en estas carreteras.

Un Watburg, que con el trabant copaban el parque automovilístico de la Alemania del Este.
         El alemán del Este suspiraba y suspira por el emblemático Mercedes del Oeste, por lo que han empezado a rodar numerosas unidades de este modelo por el rebacheado asfalto oriental, la mayor parte de ellas de segunda mano, ya que todavía su poder adquisitivo no da para más. Los alemanes del Oeste, cuando se deshacen de sus Mercedes o de sus Audi, se los mandan (pienso que algo despectivamente) a los del Este.
          Es frecuentísimo ver por sus carreteras multitud de negocios de venta de automóviles, bien en solares (si es dentro del casco urbano) o en simples prados (si es en plena ruta). Un acotado provisional, una caseta para formalizar el papeleo, y la exposición de los coches, al aire libre.       Negocios con un aspecto más provisional, solo los he visto en nuestras ferias rurales, como los puestos de rosquillas o de ganado. Algo así.
          Me comenta Quim que de Tenerife salen expediciones de coches, recogidos a clientes que adquieren un nuevo vehículo y que en las islas ya tiene mala salida como segunda mano, que se dirigen a Alemania del Este.
          Paseamos por una pequeña localidad; sus calles adoquinadas y sus casas, viejas y mal pintadas, contrastan notablemente con lo que hemos visto en el resto de Centro Europa, en Holanda, en la propia Alemania.

Otra gran mentira: Kornelia Ender, recordwoman
mundial de natación

             Apenas hay comercios, realmente no hay, y destacan poderosamente los que se están instalando venidos del oeste, por el lujo y presentación de sus instalaciones, en medio de la carroña urbana que les rodea. De noche, con la pobre iluminación de sus calles, ya resulta patética la cosa. Más que patética, lúgubre.
              Desde luego, muy engañada tenían a esta gente, o muy bien sometida, para vivir de esta forma sabiendo que sus compatriotas del otro lado del muro, trabajando igual o quizás menos, disfrutaban de un nivel de vida tan superior al suyo.
              La mayoría de estas fachadas presenciaron, sin duda, el paso del ejército alemán camino de sus primeras batallas en la Segunda Guerra Mundial.
             Son las once de la mañana, y apenas se ve gente por las calles, el pueblo parece estar vacío.
             Como aquí hay poco que ver, y queremos llegar pronto a Berlín, dejamos este ambiente en el que se respira tanta decadencia y entramos en la Autopista, en dirección sur.